Archivos para marzo, 2012

Hace un par noches, en algún universo paralelo, encontré la muerte.

Verán, caminando con una amiga tres personas saltaron sobre nosotros directamente a golpearme y a arrebatar su cartera. No escucharon palabras, no emitieron alguna. Quien estaba al frente de los tres simplemente me dio un golpe tan fuerte como pudo en la cabeza que me dejó una herida de cuatro puntos. Por suerte, a la muchacha que caminaba conmigo, más allá de perder algunas pertenencias, no le pasó nada.

Reviví el momento muchas veces en la cabeza. Aunque fueran segundos, pasa ahora en cámara lenta una y otra vez. Como fue que vi algo brillante en la mano de mi atacante. Como, ante lo inevitable del golpe, me inundó una sensación de alivio en el momento exacto en que el fierro dio en mi cabeza: sentí que era algo contundente, una llave de tuercas o similar (y no un cuchillo como supuse en primer instancia). Como al recuperarme vi que se abalanzaban sobre mi amiga. Los gritos para que se detengan. Como se dieron vuelta a verme (¿me pensarían caído?) en total estado de alerta. Ella forcejeando, luego yo forcejeando la bicicleta en la que uno de ellos buscaba escapar. Golpes al aire de dos de ellos (¿el de la llave me dio en la mano?). El de atrás tenía algo más largo, más fuerte, más violento… (¿una barreta?).

No creo haber hecho lo correcto. Hice lo que pude. Lo que me salió. Sin embargo, cada vez que analizo las cosas, todo me indica que de hacer algo distinto, con seguridad no estaría escribiendo estas palabras. Si de alguna forma hubiera llegado a frenar el primer golpe, con seguridad el segundo flaco, segundos después, me hubiera dado con la barreta que traía (mucho más dura y con filo cortante). Si en el momento del forcejeo por el bolso en lugar de gritarles que paren hubiera tenido la fuerza o la consciencia suficiente como para alcanzar a abalanzarme hacia ellos, el tercero a mi espalda tenía todas las chances de darme un golpe de gracia. Forcejear por la bicicleta no tuvo más sentido que meterme entre la pobre flaca y los golpes que arrojaban al aire…

Al tocar mi cabeza, mis manos estaban cubiertas de sangre. Mi amiga, tratándo de asimilar el mal momento, lagrimeaba de la impotencia y la desesperación. No me pregunten como ni por qué: yo estaba bastante más calmo. En mi mente pasaba la frase “Ocuparme y no preocuparme” como si fuera un mantra infinito. Tardé un par de minutos en darme cuenta de dar aviso a amigos que estaban por el barrio. No me importaba el golpe, solo ver que ella estuviera bien, que no le hubiera pasado nada… Tranquilizarla y pensar alguna forma de recuperar lo perdido (algo que no logré).

Tardé casi media hora, herida limpia de por medio, en llegar a la idea de “la saqué barata”.

Pasaron los días. La cartera apareció tirada en una obra cercana y devuelta por un grupo de albañiles. Hasta donde se, solo faltaba dinero y el celular. Luego me enteré que una banda de la zona cayó días después. Quizás eran ellos. Los puntos que me dieron en la herida pronto sanaron y quedaron atrás. Con ellos casi se fue la memoria del episodio, pensando que ni siquiera habían logrado arrebatarme la sonrisa. Y aunque poco se haya perdido, me queda el regusto del momento, la sensación de no haber podido hacer más. De evitarle a mi amiga el mal momento. De querer reaccionar y no haber tenido tiempo para hacerlo.

En algún universo paralelo, seguramente, tuve un segundo más…