Ambrosía

Lejos de cualquier vestigio de civilización, perdido entre los más peligrosos acantilados de los Himalayas, se dice que las abejas más grandes del mundo se combinan con el néctar de las flores de rododendros y, sólo en primavera,  producen una miel de color rojizo incomparable con cualquier otra que pueda haber existido. Letal en grandes dosis, consumida más moderadamente sus propiedades son alucinógenas y altamente positivas para la salud, secreto que la tribu nepalí de los Gurung supo guardar por cientos de años.

Desde decenas de generaciones, los Kuiche, los cazadores de miel dentro de los Gurung, han arriesgado sus vidas, trepando por medio de pequeñas escaleras de sogas por acantilados de más de 2500 metros en las más precarias condiciones.  Las furiosas abejas son espantadas con humo mientras se saquea su panal. Un ataque masivo de las abejas, un paso en falso y ese cazador no habrá visto otro día. No es raro entonces que antes de partir a hacer la recolección, los Gurung celebren una ceremonia religiosa y encomienden su sagrada misión a los dioses. El motivo es el más claro de todos: para ellos, allí, en esa miel, hay un acceso a lo divino.

Lo sublime, lo infinito, lo celestial, lo eterno. Pónganle el nombre que quieran. Interprétenlo como aquello que, de existir un paraíso, es lo que sin duda quisieran experimentar una y otra vez. Esas cosas únicas puestas en el tapiz de la creación que nos hacen cuestionar nuestro lugar en este mundo.

En estos días del “todo pasa” y “che, ¿cómo es que estás tan bien?” (…si ellos supieran…), antes de arrancar a caminar nuevamente sobre la cinta de moebius, una licenciada en temas del corazón aportó los siguientes enunciados:

  • “El amor es eterno mientras dura”
  • “La muerte tiene lo que le reclamamos al amor: ella es para siempre”

Y ahí está la respuesta a porqué buscamos lo imposible. No, perdón licenciada: la muerte y lo divino tienen poco que ver. Es sólo una malinterpretación de nuestra noción de tiempo. Pero no está nada mal que los seres, finitos y torpes como somos, busquemos accesos a lo divino en una imagen, en un recuerdo, en una miel… o en un sentimiento. Y que nos volvamos locos por lograrlo. Y que arriesguemos todo lo que valga la pena arriesgar por ello. Entonces, que escalar por las próximas escaleras de Escher tenga sentido por cada momento donde logremos abstraernos de todo lo demás. Por cada momento que luego querramos revivir una y mil veces en nuestros sueños.

Al fin y al cabo, ¿que lugar mejor que ese para depositar nuestra espiritualidad?

(… y recuerdo la luz de un particular amanecer recortando aquel rostro en la mañana…)

Clockwork

¿Cuándo te dejó de importar?

¿Cuál fue el último gran gesto que hiciste por ella?

¿Cuándo habrá sentido por última vez que la priorizaste ante todo?

¿Hace cuánto que no le preguntas por sus sueños?

¿Cuándo fue que las charlas diarias, esas que a veces pasaban 3 o 4 veces al día (y a veces parecían una sola larga charla ininterrumpida), empezaron a espaciarse, a volverse rutina, a no enriquecerte ni a vos ni a ella?

¿Qué fue de esos viejos delirios y flasheadas sobre la vida, el universo y todo lo demás?

¿Dónde quedaron sus miedos? ¿Y los tuyos?

¿Cuál fue la última sonrisa bien ganada que le robaste en un día triste?

¿Cuál fue el último secreto que averiguaste sobre ella?

¿Por qué dejaste de pensar en el próximo viaje?

¿En qué momento dejaste prestar atención si se conectaba o cual fue la última canción que escuchó?

¿Hace cuánto que no la sentías en un abrazo?

¿Qué era lo que tanto compartían?

¿Cuándo fue que te dejó de importar?

 

El estigma de Peter Parker (parte II – Refutación)

Hace la no poca pavada de siete (¿siete?) años puse en palabras la teoría del Estigma de Peter Parkerteoría que, por no hacerles perder demasiado tiempo de sus vidas (ya demasiado con que andan rondando por estos recovecos), resumo en dos grandes cosas:

  • La historia de un tipo feliz no es interesante ni para el escritor, ni para el lector.
  • La gran virtud del personaje es enfrentar toda la mierda que los guionistas le tiran con una sonrisa.

No paro de decir que mi cuore hoy en día viene a ser como esa torre de reloj a la que le pasó un tsunami por encima: un lugar lleno de resortes y engranajes cubiertos de arena que va a estar por un buen tiempo con el cartel de “Fuera de Servicio”. Sin embargo, ayer por la noche alguien con un lugar muy privado ahí (por no decir que tiene mansión instalada con jacuzzi y pileta) logró no solo dejarme sin palabras, sino celebrar aquel maravilloso rito de “cambiá tu punto de vista” que me gritaban desde la ventana de un tren saliendo de Venecia.

Aquellos que me conozcan, saben que esas dos tareas, y, aún peor, su combinación, figuran entre los doce desafíos de Hércules. (…pobre Hércules, encima yo ni había nacido…)

Pero bueno, hoy me toca admitirlo: al igual que Lee, Conway, Straczynski, Bendis, Douglas Adams y otros, yo estaba equivocado. Muy equivocado con respecto al estigma y en más de un sentido.

Primero, a nivel general, permítanme que me pare desde un punto de vista muy personal hacia el arte: soy de los que abogan de que toda pieza de arte para ser considerada como tal tiene que poder transmitir algo, alguna clase de sentimiento que le devuelva o movilice algo a su público. No importa qué. No importa si es alegría, tristeza, desolación… Tiene que lograr una emoción. Ahora, bajo esa luz,  la vida de alguien feliz es el acto más complejo al que se puede enfrentar un artista. ¿Por qué? Porque la felicidad es tan propia, personal, íntima y, a su vez, tan increíblemente difícil de transmitir a otros en los niveles que hace que el escritor se rinda. O que se conforme con transmitir lo que para él es un recorte de esa felicidad y punto, fallando una vez más (cual montón de películas de Hollywood) en robar sentimiento alguno a la persona al otro lado de esa historia. Quizás es por ello que cuando leemos una, al menos una que rompe el molde, ni siquiera entendemos que es lo que nos pasa.

Segundo, ya a nivel personal, me toca darme cuenta que la vida de alguien feliz puede ser sumamente interesante: lo que deja de ser interesante es la vida de alguien sin sueños ni conflictos. La vida de alguien que dejó de soñar. De alguien que dejó de buscar. Ahí estuvo el mayor error de mis últimos años, del que más me toca aprender y el que me llevó a alejarme de estos rincones. El haber puesto en pausa la búsqueda. Sigo reflexionando que hacemos tanto en pos de nuestra felicidad, esa pulsión tan poderosa y tan pura… ¿y no le habíamos dejado inspirarnos?

Grave. Muy grave lo nuestro…

(… Gracias. Y que un grito así resuene en la sintonía todos nosotros…)

Mi ex…

Lo que me costó decir esa palabra. Ex. Aceptar que ella no está, que no va a volver, que vuelvo a despertar al vacío. Podría dedicar cientos de miles de palabras a fundamentar mis errores, sobre todo los del último tiempo: Falta de atención sobre los detalles que a ella le importaban. Sobreatención a los que no. Enfocar mi vida en cosas pasajeras y de poco vuelo. Perderme en lo estático. Rutina. No importa. Creo que todo aprendizaje que tenga que sacar es mío y va en relación a mi anterior post. En relación con las búsquedas de cada uno y quizás a no haber sabido acompañar la de ella (…considerando que hubiera tenido chance de hacerlo). Creo que ese proceso es personal y poco puede aportarles. Además, no quiero que una relación tan inherentemente buena sea recordada justo por el momento en que llegó a su fin.

En cambio, la historia de cómo nos conocimos… Esa siempre es buena de contar. Sana. Inspiradora. Aún si terminó, hace creer que el amor es posible y que mueve montañas. Se que he escuchado su versión mil veces, pero de esa trataré de usar poco, por si ella quiere contarlo algún día.

Emilia y yo nos conocimos en un abrazo. Por mi parte, había llegado al cumpleaños de una muy querida amiga, harto de gente tibia. Ella le estaba dando una última oportunidad a La Plata, tras una larga serie de decepciones, laborales y de las otras. Cuando la vi, estaba parada al lado del Irdo, un muy buen amigo con fama de competir consigo mismo a llevar una mujer más linda que la anterior a cada lugar. Me acerqué a saludar de inmediato y mis palabras al oído fueron: “Pero que bien que estás comiendo…”. Ni lento ni torpe, mi amigo dijo de inmediato: “Martín, te presento a Emilia, mi mejor amiga y hermanita de toda la vida.” Creo que esa fue realmente la primer mirada: mientras ella me contaba de cómo jugaban a los power rangers y, siendo la mitad de tamaño que él, lo mataba a trompadas de chica. Había algo en ella familiar, reconfortante: no era sólo el ángel en sus sonrisas (escasas y tímidas esa noche)… era algo más. Hablamos largo rato, pero una distracción para la cumpleañera me sacó de lugar. Me tomó un rato volverla a encontrar, hablando con otro amigo cineasta, hasta que pude monopolizar la charla nuevamente (algo que sin que yo supiera, ella también buscaba). Y ahí ocurrió la segunda mirada

Fue cerrar los ojos y al abrirlos tener el completo conocimiento de lo que veía, como si de una historia de Sherlock Holmes se tratara. Podía ver su escudo de acidez, bien alto, sostenido bien fuerte y a la persona herida, maltratada por lo gris detrás de él, llorando, pidiendo a gritos que alguien la mire así, vulnerable, desprovista, con un corazón y una dulzura que desbordaban en ganas de poder salir. De poder ser realmente ella con alguien y bajar de una vez todos los escudos. La visión de algo así me conmovió en formas que hace mucho no sentía y supe que la oportunidad se abría ahí, delante mío. Metáforicamente, me arremangué el brazo y me dejé quemar a través de cada barrera de ese escudo. Mi amigo el cineasta le pidió sus datos y sin pensarlo dos veces, mi respuesta fue: “No te preocupes: te los pasó en cuanto me los de a mi.” La charla pasó de nuestros infinitos paralelismos entre Friends y los protagonistas de “How I met your Mother”, a una larga explicación de mis anécdotas con ex’s y de porque entonces yo sería el Ted en cuestión. Y al preguntar por los suyos, por sus experiencias, sus ojos se pusieron brillosos y tardé en darme cuenta, como un idiota, que ya estaba del otro lado del escudo. Solo llegué a balbucear…

– “Disculpá, no lo tomes a mal, pero realmente me gustaría darte un abrazo…”
– “Qué bueno…” – me dijo con los ojos más vidriosos que nunca – “… porque no sabés lo que yo necesito uno.”

Esa fue la tercer mirada. La mirada del alma. Porque en ese abrazo nos fundimos sin tiempo, sabiendo cuanto bien podíamos hacernos el uno al otro, conectados por años de telepatía infinita, del conocimiento más puro y forjando un amor de leyenda. De esos que contagian a los cuatro vientos y se esparcen como una fuerza más poderosa que las dos personas que inútilmente tratan de contenerlo.

No importa el resto. No importan el centenar de coincidencias de los días después o los miles de días sin poder dejar de hablar. No importa tampoco el día que decidimos dejar de hacerlo. En miles de universos paralelos, un 19 de octubre de 2013, Emilia se despertaría al otro día con el siguiente mensaje esperando por ella.

“Emi, la verdad, fue un gusto la charla de anoche. Debo reconocer que sos una muchacha por demás interesante.
Cuando quieras, estás más que invitada a ser conejillo de india de mis experimentos gastronómicos y a continuar todo lo que quedo pendiente por conocer.
Un abrazo bien sentido…”

Y así comenzaría una de esas historias que lo valen todo

Qué es un hombre que no quiere mejorar el mundo…

Retomar este lugar secreto, privado, me tomó casi 4 años. 4 años de Saranganga, de agradecimientos, de disfrute pleno, quizás hasta de tiempo prestado. Al tirarme de aquel puente y no morir me puse el objetivo de “Disfrutar” y así lo hice. Tanto cuanto pude y quizás un poco más. Quizás bastante más, porque justamente hoy creo que es lo que me llevó al estado actual.

Acá estamos, después de haber perdido la relación más significativa de mi corta vida, revisando viejas notas y preguntándome: “Ok, hace cuatro años yo era un tipo sin pareja y feliz. Cambié, muté algunas cosas, fui mucho más feliz, pero, ¿donde quedó ahora todo eso?“. Sin embargo, al releer mis viejas búsquedas, al repasar recovecos aprendidos del alma, noto que tenía un poco corrido el norte. Me explico: dediqué cuatro años de mi vida a buscar que cosas me aportaban felicidad y, habiéndolas alcanzado, dediqué casi otros 4 a disfrutar de ellas. Como si la felicidad fuera algo cristalizado, fijo… estático (que imperdonable de mi parte). Si, traté de que no se agote, pero mis esfuerzos estaban destinados al fracaso de antemano. Era la felicidad que busqué toda mi vida… pero fui muy hábil de esquivar la pregunta: “Y… ¿qué viene después?”

El error arrancó al ver mi felicidad como una lista de checkpoints que me dediqué a tachar uno por uno.

  • “Rodearme de varios grupos de amigos significativos, de gente sana, que vale la pena” (check)
  • “Trabajar de lo que me gusta” (check)
  • “Tener el tiempo y los medios para viajar” (check)
  • “Y que viajar sea una aventura” (check)
  • “Encontrar a la cómplice perfecta para el viaje, la vida, la felicidad y todo lo demás” (check)

Listo. Mi vida podía acabar ahí mismo. Ya tenía todo lo que quería. Sólo podía expandir eso, contagiar un poco, tratar de ver si podía hacer felices a otros (y, sobre todo, a la persona que tenía al lado). Pero poco a poco esa pulsión, esa energía, esa cantidad inmensa de felicidad también se iba a ir gastando. El trabajo no siempre implicaba hacer todo lo que me gusta. Mis amigos también tienen sus vidas y sus metas. Los viajes siempre fueron algo especial, pero les faltó un sentido más profundo que brindarme cultura, paisajes y aventura. Y la persona que tenía al lado, maravillosa como era (ya le dedicaré palabras de sobra), también tenía sus sueños propios, no siempre de la mano con los míos. Mucho menos, cuando la vida se me había convertido en sueño y yo había dejado de soñar.

Sabía que es lo que quería, siempre, a cada paso. Y, pese a tontas lagunas mentales, creo que siempre lo tuve claro. ¿Qué es lo que me faltaba entonces? Un propósito. Un motivo superador, un para qué alcanzar esa felicidad. Un qué hacer con ella. Algo que me brinde un poco de trascendencia…

Al menos ahora se por donde encarar mi siguiente búsqueda.

“Nemo vir est qui mundum non reddat meliorem”

(Y si. ¿Qué es un hombre que no quiere mejorar el mundo…?)

Pd: Con cuidado y evitando estructurarse demasiado, esta charla me aportó mucha perspectiva. La recomiendo ampliamente:

 

 

Happy

Heme aquí dispuesto una vez más a apoyar toda ridícula iniciativa en pos de sacarnos una buena, sincera, sana sonrisa. Incluso aquellas que apelan al sarcasmo y la ironía y que, en el fondo, también apuntan a lo mismo. Y en la ínfima pequeñez de mi existencia, se me da por cuestionar a lo gris. Es que sinceramente, escuchando minúsculas frivolidades ajenas por las que otra gente se deja arruinar el día, me está costando cada vez más comprenderlo: ¿Por qué “molesta” la felicidad? ¿Qué tan contaminados por lo gris tenemos que estar para tirar abajo los sueños ajenos, apagar sonrisas o matar las ganas de otros? ¿Realmente te molesta? ¿Donde, en qué parte de tu ser eso golpea y refleja tu respuesta?

No lo digo subido ni siquiera al pedestal más pequeño. Yo también he hecho chistes de veganos, me he burlado de gente superficial y de tantas otras cosas que no se acercan a mi forma de ser. Con un poco de suerte, de vez en cuando incluso he sabido hacer burla de mi mismo. Pero, recordando cuestiones de adaptabilidad a la crianza propia, siempre encontré un sano límite en aquel: “Bueno, si fulanito es feliz así…” Respetar la decisión ajena, aunque no la comparta, a menos  que esta sea directamente dañina sobre si misma o sobre los demás (y, a veces, aún así). Estoy convencido de que si todo el mundo sencillamente se propusiera buscar la forma de ser feliz, sin importar cual sea y teniendo en cuenta la infinidad de contradicciones, aún así el mundo sería al menos un poco mejor.

Ocurre que las trampas de lo subjetivo a veces nos hacen hablar por otros o “desde su lugar”, tratar de llevarnos algo de esa experiencia ajena. Y tan fácilmente pecamos de no escapar a nuestro propio punto de vista. Vemos monstruos salidos de esos casi olvidados resabios de miseria propia, constructos torpes de frustraciones irresueltas o mal encausadas.  Por que, no, no estamos en los pies de los demás, no sabemos lo que pasa por su cabeza, solo podemos suponer o imaginar y para eso no tenemos mejor espejo que el de la experiencia propia. Nos sabemos tan buenos mecánicos de corazones o alquimistas de recetas mágicas que inmediatamente apelamos al recetario conocido. Con un poco de suerte, lo hacemos de buena leche, tratando de ayudar a ese que nos escucha y cruzando los dedos para que esa llave de tuercas que nos calzó a nosotros, tenga justo la misma rosca. 

Pese a todo, me convenzo más de que vinimos acá a aprender algo. Por nuestra cuenta, para nosotros y para el resto, ni que más nos sirva para que la convivencia sea más llevadera. Y a todos los que formaron parte de mi experiencia al menos, de todo ese “camino recorrido”, desde aquellos que son de fierro y me han acompañado desde que tengo memoria hasta las personas más hijas de puta que me pueda haber cruzado, a todos por igual vaya un sentido “Gracias”. Gracias por cada aleteo de mariposa que me llevó hasta acá, porque a mi historia pasada no le cambiaría ni la menor coma y si solo la reviso es quizás por la culposa obsesión de ver si logro aprender un poquito más de lo vivido. O para disfrutar de todo lo bueno o malo que me ha llevado hasta este momento de ridícula felicidad en el que tengo que inventar palabras (“Saranganga“, se que vos me entendés) o en el que trato irme al quinto rincón del mundo solo para exprimirle un poquito más a toda esta experiencia.

Hace tiempo atrás, con un buen amigo con el que se comparten este tipo de letras, buscábamos una especie de tesis sobre la felicidad. Por suerte, ni nos llevó mucho tiempo, ni le dimos muchas vueltas. Nos quedó una especie de consejo, que creo que es el único que le daría a cualquiera, frente a cualquier situación:

“Se feliz. En lo posible, tratá de no joder al resto. Y si, de paso, podés hacer feliz a alguien más, mejor…”

Cero drama

Literalmente. Por una vez en el breve lapso de… ¿35 años? siento que mi vida carece de drama. Aquel estigma de Peter Parker del que hablaba hace cuatro años atrás se desvanece, al tiempo que el guionista se toma una caipiriña en alguna playa lejana (yo, por las dudas, desde acá le levanto la copa a la distancia). No vamos a dejar de tratar de hacer nuestra vida interesante, pero no está nada mal que por una vez la serie se tome un descanso.

No quiero hacer de esto ninguna compleja conclusión. Simplemente, me da a pensar que aquel que propone la necesidad de “pasarla mal”, de llevarnos a límites de incomodidad para motivarnos a alcanzar nuestro potencial… no sabe lo que se pierde.

(Tan bien la estaremos pasando, que me tomó cuatro meses subir este video. Pero se disfruta tanto volver a verlo…)

Frente al llamado del abismo

El año no había comenzado con el pie adecuado: viajar a Sudáfrica requería una vacuna contra la fiebre amarilla que podía desencadenar una reacción leve de la misma fiebre. Podía… y bien que lo hizo. Programado para el primer día del año, el viaje se veía pospuesto una semana:  la víspera del fin de año pasaba con 40º de temperatura, con la imposibilidad de incorporar a mi cuerpo ninguna clase de nutrientes y con una migraña que, al lado del peor dolor de cabeza en mi historia, era poner al Padrino de Marlon Brando frente a un pobre y desarmado jefe Górgory. Si faltaba algo, una consulta al médico por molestias varias anunciaba que tras cierto astillamiento de costilla años atrás, 216 metros de un salto bungee al vacío, principal razón detrás del viaje, podía traer secuelas…

Viajé con el resabio de todo esto, desconcertado y quizás hasta desmotivado, en buena parte por dejar en esta costa del océano a esa personita maravillosa, de complicidad y comprensión eterna, con la que tanto he compartido estos últimos meses. Ya en Ciudad del Cabo, costó adaptarse a un cambio de 5 horas, al inglés como lengua que en otros viajes tan natural me había resultado y a la atmósfera de una ciudad de la que no alcanzaba a ver más que un minúsculo recorte. Había como un ruido en el fondo de mi cabeza, tan evidente, que Santi, mi buen compañero de viaje, trató todo el tiempo de ponerle una necesaria cuota extra de onda como para compensar.

Los días y un par de destinos pasaron, con algunas vistas que escapan a cualquier narrativa como el tope de Table Mountain o los caminos de trekking en Wilderness. Comenzábamos a conocer gente fantástica que luego, cual buen final de película, reencontraríamos. Surgía incluso la oportunidad de sumar como tercer mosquetero, a Phil, un británico con más millas que coherencia y la actitud más que adecuada para la aventura… pero el ruido seguía ahí, cual resaca mal curada, atontándome, dejándome el regusto inexplicable de la falta de reacción.

Antes de darme cuenta ya estábamos en Nature’s Valley, ya era 16 de enero y vaya a saber quien me preguntaba: “¿Vas a saltar?”. Listos para dirigirse hacia el puente de Bloukrans, Phil había juntado a una pequeña multitud de desquiciados que ayudaron a hacer aquel ruido a un lado. Dejando de lado todo buen juicio, ya había dicho que sí. Al fin y al cabo, era lo primero que dije de hacer en caso de viajar a Sudáfrica. Sin saber su razón, era lo que había venido a hacer.

No sabía que esperar… ¿adrenalina? ¿vacío? (¿una costilla rota?)… por lo que hice el esfuerzo de no esperar nada. Era el paso final del año de la página en blanco, ¿por qué no dejarse sorprender? Mejor si engañaba mis sentidos hasta que fuera inevitable… y caer en cuenta de lo hacía al tener la mitad de mis pies en el aire.

Por un segundo infinito, el pánico de enfrentarme a la nada. El llamado del abismo. Entonces, al menos en mi mente, el tiempo se detuvo. Los últimos meses pasaron frente a mis ojos como conclusión de mis últimos años y del camino de innumerables elecciones que una por una me llevaron hasta ese momento. Todo se resumió a la siguiente frase: “Estás exactamente donde querés estar, ¿qué vas a hacer?”. Y de inmediato, su respuesta…

“Disfrutar.”

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A partir de allí, ya no hubo nada, ruidos, abismo ni vacío. Solo eramos la inmensidad de un indescriptible paisaje y yo.

Y luego: Paz…

… una increíble y abrumadora sensación de paz, como creo que nunca había sentido.

“To my friends, old and new ones. Thanks for make it possible…”

Temporada de conejos

 

Más de una vez he pensado en dedicarle un cuadro (o gigantografía) a este ¿chiste? de Montt, más aún después de haber conocido en persona al groso de su autor en alguna feria del libro. No porque todo acto que siga al cuore deba ser, de por si, insensato, sino porque el otro se merece cada tanto una buena paliza que nos libere de rebusques, enrosques y tonterías que nos frenen de actuar ahí, en el momento y minuto adecuado. Ya llegaremos a eso…

Hace exactamente un año atrás anunciaba la vuelta de página, el año de lo desconocido. De fluír sin preguntar. La página en blanco. La oportunidad para subirnos por una vez a la ola del guionista y dejarnos llevar, decidiendo, si, pero sin esa terca necesidad de luchar contra la corriente.

¿Y qué puedo decir? Nuevas amistades dicen “presente”, trayendo consigo sonrisas frescas y abrazos sentidos. Viejas amistades se potencian y están al pie del cañón. El cariño se siente a manos llenas…

Si faltaba algo, las temporadas de mi muy personal sitcom pasan y, por suerte, una vez cada tanto me toca agradecerle al guionista. Verán, me encontraba hace poco puteando otra vez hacia arriba, preguntándome porque siempre mis historias con alguien comenzaban con este servidor armando un cubo rubic con una mano, desactivando una bomba con la otra y metido en medio de una habitación del juego del miedo (…con un reloj siempre tan cerca de ese famoso 00:00:01). Maravillosamente, apareció una de esas personitas especiales, de las que se meten por el rabillo del ojo, esas oportunidades mágicas que llegan a destiempo y que si no las sabes aprovechar justo, las perdiste (o que las mirás hacia atrás y decís: “NO, ¡era esa! ¡Ahí estaba! Y yo…”). Esas oportunidades que el guionista pone ahí para que siempre las pase por alto… solo que esta vez, no. 😉

Creo que tuve que gastar una pequeña epifanía para darme cuenta (y bueno, no: lamentablemente no curaré el cáncer) y pasar a la acción. Y después… JA! Es que las cosas se dieron tan simples, tan espontáneas, que, malacostumbrados al drama, terminan por sorprendernos. “¿Qué? ¿Cómo que dijo que SI? ¿Así? ¿De una? No, no puede ser. Tiempo fuera. Referí, venga acá…” Y encima, como somos boludos, mejor resulta: más cómplice, más dulce, más bella es la niña en cuestión… bueno, más aún nos cuesta creerlo.

El año de la página en blanco va llegando al final y con un cierre tan increíble como su inicio, viaje cruzando el Atlántico Sur incluído. Bate en mano y casi sin esfuerzo, el Cuore gana otra merecida batalla, dejando como objetivo, simplemente, pasarla bien. Y no hay caso, para el 2014, se anticipa un año de película

(… y que despertar a su lado me robe miles de sonrisas)