Entre significados y conexiones…

En medio de ese “Play” anunciado, entre tanta vorágine creativa y disfrute de lo cotidiano, vuelvo a toparme con esas almas sensibles e imaginativas que se preguntan por los motivos del universo. La razón detrás de la belleza, la casualidad, la magia y los obstáculos. “¿Por qué pasan estas cosas?” “¿Quién está detrás de todo esto?”. La conexión que nos vincula y nos trasciende a todos.

Mientras me llegan esas preguntas, me examino un poco y me doy cuenta buena parte de mi credo interior se ha basado se asignar nuevos significados a lo convencional. Rescatando algunas de las cosas buenas, allí donde había amigos, encontré “familia”, en el abandonado cajón de los miedos, hallé mayormente “desafíos” y sobre la colección de posibles sucesos remotamente trágicos o estresantes de mi vida, di con una inagotable cantidad de anécdotas que con tanto placer hoy recolecto.

Desde la costumbre de musicalizar mis memorias o de conservar viejas entradas a lugares y sucesos que activan bellos recuerdos, a aquellos talismanes que con cariño conservo, todo ha ido adquiriendo un significado propio, un valor que cuenta e importa solo en lo personal. Me doy cuenta que todo es una construcción, una forma de entender el mundo que más de una vez ha sabido desafiar a las leyes de la física y la lógica (ahora que lo pienso, existen al menos dos conocidas a las que podría apodar así) donde la mística detrás de las pequeñas cosas ocupa un enorme lugar.

Y en medio de tantas cosas, me sorprendo aceptando el misterio. No me pregunto ya porque alguien es mi hermana. Lo es, lo se. Punto. Tampoco porque se exactamente como piensa o siente otra persona con la que efectivamente comparto parte de mi alma. O como se ha dado el código por el que con tantos otros podemos terminarnos las frases sin necesidad de palabras. Las conexiones simplemente están dadas: no se ven, se sienten. Quizás empezó a pasar cuando dejé de preguntarme los “por qué”, sino “para qué”. Cuando supe que de cada experiencia me tendría que llevar algo. Tratar de entender para qué es que alguien llegó a mi vida y cuál es el significado que va a adquirir cada uno de esos encuentros.

Entonces, una vez más, a quebrar lanzas por los encuentros, las cosas significativas y todas esas hermosas conexiones que hacen al milagro compartido de todos los días…

(… y que ni lo comercial se apodere de aquella música que con lo más simple captura el alma…)

Tiempos difíciles

Con nuevo viaje en marcha y frente al ineludible comienzo de esta nueva temporada, siento que escapo por fin a un breve pasaje por lo gris. El detalle gracioso esta vez es la exactitud con la que mi hermana lo profetizó. Simplemente en una de sus charlas me mencionó que: “La gente está rara” y después tiró un “Play”, que, de la noche a la mañana, con el aporte de actitud correcta (y un viaje relámpago de por medio) logró poner mi vida de cabeza una vez más bajo el mágico arte de esas oportunidades únicas que siempre rayan en lo poco creíble.

Y sin embargo… “La gente está rara”… ¿tanto resonó esa frase que no me la pude sacar de la cabeza?.

Es extraño, pero a pesar de haber transitado esa etapa gris, en el afán de traer el espíritu de viaje a estos, los tiempos lentos, no dejé de buscar soñadores. Lo llamativo fue toparme con tanta gente hablando en un idioma tan distinto. Me interesé en tratar de conocerlos y hasta me trataron de loco, solo por demostrar interés. Por preguntar sobre sueños y pasiones. Por pedirle a alguien que se defina por algo más que su profesión o sus estudios. O que sepa buscar, más allá de sus miserias, aquella luz bajo la cual es único en su clase

¿Por qué elegimos definirnos de otra forma? Que mejor que a través de nuestras metas, deseos, capacidades creativas… La colección de elecciones y experiencias, los obstáculos que supimos superar. Aquellas cosas que disfrutamos y las que nos motivan a hacer. Sin importar cuales sean: así decidiéramos ser zapateros, estoy seguro que un zapatero apasionado con lo que hace sería una persona más que interesante de conocer.

El abismo de lo gris sigue ahí, latente, espectante. Con su conformidad, su indolencia, su contemplación de lo ajeno y su dedo acusador. Esperando por esos momentos de debilidad cuando pequemos de faltos de color (decir que no los tendremos es mentir descaradamente). Ya lo decía Amelié Poulain, “tiempos difíciles para soñadores”. Lo bueno es que ya sabemos salir de lo gris. O mejor: que sepamos lo que queremos y tengamos la voluntad de salir…

…y a todo lo que tenga que venir: Play =)

Aquellos viejos demonios

Hoy vengo con la más simple de las confesiones: escribir me ha salvado (Errr… ¿oremos hermanos? =P).

No, no, tranquilos, no es que ninguna secta (católicas ni de las otras) me usó la frente para tallar la ropa. Me refiero a que, confrontando más de alguna situación límite, bajar a papel la madeja de emociones descontroladas que suele invadirme (en un inglés de mierda: “of meat we are”), me ha traído mucha paz. Ha permitido sacarme de encima algo que está trabado, verlo desde lejos y darle la importancia que realmente merece. No como acto de control, sino de mera catarsis. Hay veces que tras releerlo me convenzo plenamente de que merece ser liberado al mundo. Otras, termina en un cajón, borrador, papelera de reciclaje u otra yerba, por ser mero veneno que no encuentro necesidad de acumular acá dentro: lo bueno es que si está escrito, no está acá en el pecho. Y no saben lo sano que resulta.

Otras veces tengo mucha, pero mucha suerte y de la relectura sale aquel escaso … “gesto superador“. El punto de vista que no había tenido, el que me permite trivializar la situación, cagarme de risa ante la estupidez que me tenía mal o darme cuenta de mi posible responsabilidad sobre lo que pasó y de la vuelta de tuerca para hacer algo al respecto. Ojo: acá nadie es un iluminado, pero que bueno es caer, de tanto en tanto, y poder darte cuenta a tiempo lo pelotudo que sos.

Escribir me ha liberado de rencores de antaño, ha llamado al olvido aquellos viejos demonios e incluso me ha permitido reírme de mis más grandes… ¿tragedias? Sepan disculpar, se me hacen tan tontas a la distancia. Si, seguro que hay alguna buena lágrima derramada (y con el tiempo transformada en sonrisa) para aquellas bellas personitas que supieron tocar el cuore. Y si algún rencor queda, por seguro será reservado para los que se metan con la gente que quiero. El resto solo son sanas decisiones sobre quien forma o no parte de la vida de este colgado, que siempre reserva una sonrisa para los que están y un buen abrazo para aquellos que sin querer perdió en el camino. Para el resto, un deseo de sincera y muy lejana felicidad desde el fondo del cajón del olvido.

Pero no quiero terminar esto así. Quería invitarlos a la práctica, a ver si a alguien más le sirve. A cuando nos queme el pecho o traigamos la mochila pesada, tomar un papel y descargar. A no acumular veneno innecesario, a mirarnos desde afuera. A poder decir: “Pero que pelotudo que soy”, con ganas. Y reír…

(… tras un sueño con volar, justo hoy me despierto con Osiris. Hace tanto que no lo escuchaba…)

Pd:

Laberintos

(fragmento de “Te quise en miércoles”)

“Orientación, memoria, voluntad, curiosidad, paciencia. Desde pequeño, aquellos habían sido sus dones, muchos heredados en reconocimiento a las virtudes de su padre (con el que coincidían en todo menos una fundamental diferencia que los alejaba de forma irreconciliable)… pero era la orientación aquella que ponía a su padre más orgulloso. Soltarle en algún territorio extraño era permitirle mapear el terreno de forma inmediata e inconsciente, como si tuviera una vista aérea de si mismo. Los espacios verdes, abiertos le eran inmediatos, naturales, intrínsecos. Las ciudades le tomaban algo más, dependiendo del espacio a transitar, rara vez más allá de 24 hs porque no podía darse el lujo de contar con ese tiempo. Resolver laberintos en una hoja era cuestión de minutos y recorrerlos en persona, una pasión que le invitaba a correr hasta su salida. No representaban un desafío y eso casi que le decepcionaba. Por eso, los de su mente, eran infinitamente más complejos…

Para comenzar, cada paso del laberinto debía tener la ilusión de ser igual que el anterior. Un punto de referencia, por pequeño que fuera o por mucho que mute el recorrido a su alrededor, era un avance hacia la salida (si es que hubiera una). Los pasillos eran una gran ventaja en correspondencia y perspectiva, por lo que empezó a construirlos solo de habitaciones, al principio de paredes simétricas e idénticas cuyo juego era encontrar por cuales se podía pasar a través. Luego tampoco fue suficiente y comenzó a hacerlas cambiar. Recordó relatos de la niñez y había llegado al punto en el que la referencia era propia: cada habitación se había vuelto un desafío conceptual cuya única referencia estaba sobre si mismo, sobre su sentir frente a cada situación.

Allí, sin embargo, perseguía a incontables doncellas, algunas etéreas, otras bien reales con las que compartía los espacios ganados al ensueño. Las anticipaba en sus antesalas, jugaba con ellas por sus paisajes, iba a su búsqueda frente a algún muy puntual llamado. Y ahora… ahora era un extraño dentro de su propio laberinto. Había perdido toda memoria de como recorrerlo. Se repite para sí aquel mapa: “de la negación por la locura, de la locura por lo sensible, de lo sensible por el dolor, del dolor por la ilusión, de la ilusión…” pero de nada le sirve. Está atrapado, inmóvil, en la antesala.

En la realidad, Javier se hace un té. Es el tercero del día y el segundo de la noche: hace más de dos horas que trata, sin éxito, de conciliar el sueño. Ya probó con ver alguna serie pasatista, continuar algo de trabajo pendiente e incluso con ponerse a leer algo aburrido. Solo se aburrió. Tomó el teléfono celular y miró el mensaje de una vieja y especial amiga, amor de otras épocas. Trató de recordar, de recordar como eran sus besos, la caricia de su piel, el centenar de especiales recovecos que con tanto placer había encontrado en ella. Supo… supo que había un lugar en el que ella se apoyaba sobre su pecho para dormir, pero saberlo no era poder revivirlo. No había conexión entre el conocimiento y el recuerdo, ya que el segundo no estaba ahí. Sabía perfectamente que habían tenido incontables primeros besos, que robar cada uno respondía a la concreción del más natural deseo irrefrenable y que cada uno había tenido un sentido especial, único, indescriptible. Pero no podía recordarlos…

Apenas quedaba la tenue memoria de algún sentido abrazo cuando ya habían pasado al plano de la amistad. De cuando ambos, queriéndose mucho, decidieron seguir adelante. Volvió a apoyar la cabeza en la almohada y trató de recordar otros de los miles besos que había dado a decenas de otras muchachas. Ninguno vino a su (corazón) mente.

Detenido, en la entrada del laberinto, dio media vuelta, apenas unos pasos y cerró sus puertas. Abandonó la necesidad de transitar su camino, simplemente, porque no tenía sentido hacerlo. Carecía de respuestas o tenía todas las que ya había encontrado. Era hora de dejar atrás viejas estructuras…”

Insomnia (… y de sus múltiples sentidos…)

No debe haber nada mejor o peor para la inspiración o la reflexión personal que una noche en vela. Para aquellos que son velozmente poseídos por el espíritu de milenarias madres sobreprotectoras, a no preocuparse: me he mantenido despierto por más tiempo, en noches de un estrés mucho más significativo, de momentos más terribles y acá sigo estando. Aparte, creo que a esta altura todos sabemos que si me muero alguna vez será porque el mar me reclamó alguna vez más, porque me arriesgué a otra de esas cosas locas que aún tengo en el tintero o, más seguro, en manos de alguna futura ex que se esmeró para superar a las que hasta ahora he tenido (… supongo que la señorita en cuestión esta vez conseguirá un Scania en pos de repetir aquello de: “A lo pasado, pisado”…).

Lo particular del caso es la ausencia de problemas sinceros. Si, puedo estar algo pasado de trabajo y en más de un proyecto al que no le veo del todo el sentido aún, pero bueno, supongo que un poco es la suerte de la página en blanco: seguir algunos caminos hasta ver a donde me llevan. ¿Entonces? ¿Me están afectando las leyes de la comedia? ¿Será la ausencia de sonrisas quizás?

No se, de un tiempo a esta parte, las sonrisas han escaseado bastante. El mes ha dado vuelta la página desde aquel reciente momento gris en el que tuve que matar una ilusión ajena y, pese a la ficticia esperanza de no haber dejado heridas, creo que desde entonces algo de lo gris se quedo conmigo. Tengo la extraña sensación de que el entorno de este invierno trae consigo el sabor de una extraña pareja avejentada, con pocas ganas de mover en pos de nuevos objetivos y horizontes por mucha gana o garra que uno quiera ponerle.

Quizás… quizás todo era más fácil cuando el cuore tenía GPS, cuando la brújula de lo imposible al menos apuntaba lejos y uno se esmeraba en hacer lo improbable solo por aceptar aquel hermoso desafío. Sería más fácil todavía si tuviéramos la sabiduría de mirar al medidor actual, a esa pulsión que llamamos”felicidad” y diferenciarla de aquellos “momentos felices” que nos permiten de tanto en tanto ganar una sonrisa tan solo por recordarlos.

Creo que el problema que me quita el sueño (¿o son los sueños?) es la ausencia de sonrisas por robar, la necesidad de poder hacer feliz a alguien, el desafío de aquel experto prestidigitador de otras épocas para continuamente seguir sacando ases de la manga. Definitivamente, me hace falta soñar…

(… I miss the little talks…)

Cual toro en cristalería…

“Cuanto más creamos saber de nosotros mismos, más serán las chances de vernos frente a la oportunidad de aprender algo nuevo”.

Suena lindo, ¿no? Seguramente se lo escuché a alguien, lo leí por ahí o solo lo puse en otras palabras. Todo bonito… hasta que nos toca aprender algo por el trago amargo. Mea culpa por haber dicho al maquiavélico guionista de turno: “Esta vez, sorprendeme”.

Hace mucho que no me cruzaba con esas situaciones donde hagas lo que hagas, está mal. Cual médico que va a anunciar el poco grato “Hola, te vas a morir…”, me tocó ser agente de lo gris y matar la ilusión ajena; sabiendo incluso que de no haberlo hecho, sería aún peor (porque sería jugar con su cuore). Acostumbrado por ley de la comedia a estar del otro lado, tal como Bucéfalo en tienda de porcelana, intenté inútilmente hacer la menor cantidad de daño. No hace falta aclararlo: fue un desastre.

Peor aún, me sentí estafado de la peor forma por aquel alado crío idiota, de arco y pañal. Me encontré parado en ese poco creíble lugar donde la otra persona, a la teoría, es la suma de todo lo que busco y todo lo que quiero. Y a la práctica, en el cara a cara, hubo muchos truenos… pero ningún rayo. Me tomé el pulso y nada. Ni un “bip”. Casi pensé en buscar el desfibrilador…

Entonces, ¿qué? Tras todo lo que creí aprender de mi y de las personas que quiero cerca mio, ¿el amor pasa a ser una vez más potestad del caos? ¿Es casualidad o nada? En fin… Con el ausente romanticismo de un monje tibetano, firme pero sincero, no puedo dejar de pedir disculpas a esa otra persona por lo que no fue. Por las distancias y ánimos fríos. Por todo lo gris que surja de esto.

Y si algo me faltara, busco aprender. Sacar un poco de claridad. Siendo sincero, creo que el ánimo romántico, el caer como un idiota a ese respecto, la falta de medida y todo en torno a eso ha sido lo que guió mi vida desde que tengo memoria. ¿Esto es una llamada a cambiar de punto de vista? ¿Realmente tengo ganas de volverme más frío y pararme en otro lado?

Que fácil sería tener todas esas respuestas, ¿no?

(… y te robaron una sonrisa recordándote que esto es una comedia. Una “muy interesante”, al parecer…)

De paraguas amarillos y otras lecciones…

Debo reconocerlo: más allá de mi teoría del guionista, me he vuelto adicto a ver mi propia vida en forma de sitcom. O a una sitcom que se asemeja vergonzosamente demasiado a mi vida, al punto de que ya no creo que sea yo el que se parece a su protagonista, Ted Mosby, sino que definitivamente hay alguno de mis amigos que está haciendo fortuna tomando notas y vendiendo guiones (… y que se agarre cuando lo encuentre…). En su visión levemente adaptada de mi historia, tal vez porque no era muy mainstream plantear lo contrario, se olvidó sin embargo tres grandes detalles…

– Que mis futuros hijos son un tanto improbables.
– Que el concepto de matrimonio siempre me dará ese regusto a contrato y mandato.
– Y que, de un tiempo a esta parte, solo creo en los “amores eternos” fugaces, que duren por lo que tengan que ser

Desarrollemos: No, no hay que bajar los brazos. Sí, aún tiene sentido rondar por la vida haciendo lo que querés para tropezar de tanto en tanto con bellas soñadoras soñadas. Pero aquellas ideas de antaño de encontrar “al amor de tu vida” se desvanecen en el absurdo. Quizás porque fue encontrado (y más de una vez). Quizás porque vale la pena esperar encontrarlo en cada persona con la que te relaciones. Quizás porque ya no hay un amor, sino amores y los hay de mil maneras: románticos si, pero también graciosos, espontáneos, agradecidos, simpáticos, cómplices, pasionales. Y nunca faltos de intensidad, porque quizás, a su manera, cada cual merece ser vivido…

Salimos a caminar bajo la lluvia para ver si el rayo de Cortazar nos sigue golpeando, solo para comprobar que no es un único rayo. Que el juego cambia todo el tiempo, las cartas se barajan mil veces y no hay reglas para el mágico acontecer de sentir. Que todo lo que empieza probablemente esté condenado a un final, aunque no tenemos porque buscarlo. Que hay infinitas formas de relacionarnos…

Y ojalá que cada vez nos convenzamos más de que vinimos para sacar lo mejor de cada momento que nos toque compartir y para aprender algo nuevo con cada historia.

– …the greatest thing, you’ll ever learn, it’s just to love and be loved in return.

Memorias del tiempo lento

Mirándome el otro día al espejo, me tocó tener una charla con mi yo pasado. El guacho estaba muy parecido, pero igual pude identificarlo: no solo eran la barba y el pelo, también le faltaban los 6 años extras en la mirada que supimos ganar durante el viaje a Europa. Tras la rutina amable de no pasarnos ni pedirnos el número de la quiniela, se me enojó. Y se me enojó mucho. No entendía, bajo todo criterio, como yo podía dejar ir a la persona que él más amó, por la que movió cielo y tierra, la única por la que auténticamente se habría jugado un “all in”. Peor aún, le recalcitraba verme hacerlo con una sonrisa

Trató de despabilarme, de zamarrearme, me habló de mil cosas lindas que viví con ella, de todo lo que me despertaba, de las cosas que inspiraba en mi. Y yo, nada. Me hizo escuchar temas de otras épocas, me mostró fotos, me calzó las zapas y me llevó por recovecos olvidados, pero solo obtuvo un abrazo. No pudiendo más, me acusó de traidor, venido a menos, insensible, colgado, mala persona o descarriado. Y sabiendo que diciendo pavadas no me iba a llevar a ningún lado, me tiró una de esas frases asesinas:

“Tu miedo me mato un sueño…”

¿Y qué le iba a explicar? Si por un lado, había sido su miedo y no el mio, a dejarlo todo y salir de una vez a la ruta lo que quizás no le había dado mejores cartas a esa historia. Si aún así, nadie sabe como podrían haber cambiado las cosas: ¡están también los procesos de la otra persona! Quizás ella ahora era capaz de amar solo porque tuvo que afrontar nuestra pérdida, pasar por algún otro trago amargo y, sobre todo, aprender de todo eso. ¿Cómo saber a donde podría haber llevado ese camino? Lo dejé putearme un rato hasta que se cansó. Me vió un par de canas, me trató de viejo choto. Se rió. Preguntó por los sueños, le dije: “Muy bien. Muchos, lindos, nuevos. Propios.” Creo que se quedó tranquilo. Me dio la espalda y se fue.

Que bueno sería poder tener una charla con mi yo futuro, para ver donde anda, pero hago como que miro para adelante y solo está la hoja en blanco. Extraño un poco, quizás mucho, ese estado de viaje y ya no me parece que allá el tiempo pase más rápido, sino que ahora este es “el tiempo lento”. A mi costado, algunas cosas de a poco van echando raíces… quizás, quizás tenga que meterle más ritmo. Miro para adelante y que se yo, por ahí me divierte hacer como que miro cuando en realidad me quiero dejar sorprender…

(… y al pasar me dijo: “Que la vida disfrute de vos”…)