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Happy

Publicado: 17 junio 2014 en De la vida y todo lo demás

Heme aquí dispuesto una vez más a apoyar toda ridícula iniciativa en pos de sacarnos una buena, sincera, sana sonrisa. Incluso aquellas que apelan al sarcasmo y la ironía y que, en el fondo, también apuntan a lo mismo. Y en la ínfima pequeñez de mi existencia, se me da por cuestionar a lo gris. Es que sinceramente, escuchando minúsculas frivolidades ajenas por las que otra gente se deja arruinar el día, me está costando cada vez más comprenderlo: ¿Por qué “molesta” la felicidad? ¿Qué tan contaminados por lo gris tenemos que estar para tirar abajo los sueños ajenos, apagar sonrisas o matar las ganas de otros? ¿Realmente te molesta? ¿Donde, en qué parte de tu ser eso golpea y refleja tu respuesta?

No lo digo subido ni siquiera al pedestal más pequeño. Yo también he hecho chistes de veganos, me he burlado de gente superficial y de tantas otras cosas que no se acercan a mi forma de ser. Con un poco de suerte, de vez en cuando incluso he sabido hacer burla de mi mismo. Pero, recordando cuestiones de adaptabilidad a la crianza propia, siempre encontré un sano límite en aquel: “Bueno, si fulanito es feliz así…” Respetar la decisión ajena, aunque no la comparta, a menos  que esta sea directamente dañina sobre si misma o sobre los demás (y, a veces, aún así). Estoy convencido de que si todo el mundo sencillamente se propusiera buscar la forma de ser feliz, sin importar cual sea y teniendo en cuenta la infinidad de contradicciones, aún así el mundo sería al menos un poco mejor.

Ocurre que las trampas de lo subjetivo a veces nos hacen hablar por otros o “desde su lugar”, tratar de llevarnos algo de esa experiencia ajena. Y tan fácilmente pecamos de no escapar a nuestro propio punto de vista. Vemos monstruos salidos de esos casi olvidados resabios de miseria propia, constructos torpes de frustraciones irresueltas o mal encausadas.  Por que, no, no estamos en los pies de los demás, no sabemos lo que pasa por su cabeza, solo podemos suponer o imaginar y para eso no tenemos mejor espejo que el de la experiencia propia. Nos sabemos tan buenos mecánicos de corazones o alquimistas de recetas mágicas que inmediatamente apelamos al recetario conocido. Con un poco de suerte, lo hacemos de buena leche, tratando de ayudar a ese que nos escucha y cruzando los dedos para que esa llave de tuercas que nos calzó a nosotros, tenga justo la misma rosca. 

Pese a todo, me convenzo más de que vinimos acá a aprender algo. Por nuestra cuenta, para nosotros y para el resto, ni que más nos sirva para que la convivencia sea más llevadera. Y a todos los que formaron parte de mi experiencia al menos, de todo ese “camino recorrido”, desde aquellos que son de fierro y me han acompañado desde que tengo memoria hasta las personas más hijas de puta que me pueda haber cruzado, a todos por igual vaya un sentido “Gracias”. Gracias por cada aleteo de mariposa que me llevó hasta acá, porque a mi historia pasada no le cambiaría ni la menor coma y si solo la reviso es quizás por la culposa obsesión de ver si logro aprender un poquito más de lo vivido. O para disfrutar de todo lo bueno o malo que me ha llevado hasta este momento de ridícula felicidad en el que tengo que inventar palabras (“Saranganga“, se que vos me entendés) o en el que trato irme al quinto rincón del mundo solo para exprimirle un poquito más a toda esta experiencia.

Hace tiempo atrás, con un buen amigo con el que se comparten este tipo de letras, buscábamos una especie de tesis sobre la felicidad. Por suerte, ni nos llevó mucho tiempo, ni le dimos muchas vueltas. Nos quedó una especie de consejo, que creo que es el único que le daría a cualquiera, frente a cualquier situación:

“Se feliz. En lo posible, tratá de no joder al resto. Y si, de paso, podés hacer feliz a alguien más, mejor…”

Cero drama

Publicado: 28 abril 2014 en De la vida y todo lo demás

Literalmente. Por una vez en el breve lapso de… ¿35 años? siento que mi vida carece de drama. Aquel estigma de Peter Parker del que hablaba hace cuatro años atrás se desvanece, al tiempo que el guionista se toma una caipiriña en alguna playa lejana (yo, por las dudas, desde acá le levanto la copa a la distancia). No vamos a dejar de tratar de hacer nuestra vida interesante, pero no está nada mal que por una vez la serie se tome un descanso.

No quiero hacer de esto ninguna compleja conclusión. Simplemente, me da a pensar que aquel que propone la necesidad de “pasarla mal”, de llevarnos a límites de incomodidad para motivarnos a alcanzar nuestro potencial… no sabe lo que se pierde.

(Tan bien la estaremos pasando, que me tomó cuatro meses subir este video. Pero se disfruta tanto volver a verlo…)

El año no había comenzado con el pie adecuado: viajar a Sudáfrica requería una vacuna contra la fiebre amarilla que podía desencadenar una reacción leve de la misma fiebre. Podía… y bien que lo hizo. Programado para el primer día del año, el viaje se veía pospuesto una semana:  la víspera del fin de año pasaba con 40º de temperatura, con la imposibilidad de incorporar a mi cuerpo ninguna clase de nutrientes y con una migraña que, al lado del peor dolor de cabeza en mi historia, era poner al Padrino de Marlon Brando frente a un pobre y desarmado jefe Górgory. Si faltaba algo, una consulta al médico por molestias varias anunciaba que tras cierto astillamiento de costilla años atrás, 216 metros de un salto bungee al vacío, principal razón detrás del viaje, podía traer secuelas…

Viajé con el resabio de todo esto, desconcertado y quizás hasta desmotivado, en buena parte por dejar en esta costa del océano a esa personita maravillosa, de complicidad y comprensión eterna, con la que tanto he compartido estos últimos meses. Ya en Ciudad del Cabo, costó adaptarse a un cambio de 5 horas, al inglés como lengua que en otros viajes tan natural me había resultado y a la atmósfera de una ciudad de la que no alcanzaba a ver más que un minúsculo recorte. Había como un ruido en el fondo de mi cabeza, tan evidente, que Santi, mi buen compañero de viaje, trató todo el tiempo de ponerle una necesaria cuota extra de onda como para compensar.

Los días y un par de destinos pasaron, con algunas vistas que escapan a cualquier narrativa como el tope de Table Mountain o los caminos de trekking en Wilderness. Comenzábamos a conocer gente fantástica que luego, cual buen final de película, reencontraríamos. Surgía incluso la oportunidad de sumar como tercer mosquetero, a Phil, un británico con más millas que coherencia y la actitud más que adecuada para la aventura… pero el ruido seguía ahí, cual resaca mal curada, atontándome, dejándome el regusto inexplicable de la falta de reacción.

Antes de darme cuenta ya estábamos en Nature’s Valley, ya era 16 de enero y vaya a saber quien me preguntaba: “¿Vas a saltar?”. Listos para dirigirse hacia el puente de Bloukrans, Phil había juntado a una pequeña multitud de desquiciados que ayudaron a hacer aquel ruido a un lado. Dejando de lado todo buen juicio, ya había dicho que sí. Al fin y al cabo, era lo primero que dije de hacer en caso de viajar a Sudáfrica. Sin saber su razón, era lo que había venido a hacer.

No sabía que esperar… ¿adrenalina? ¿vacío? (¿una costilla rota?)… por lo que hice el esfuerzo de no esperar nada. Era el paso final del año de la página en blanco, ¿por qué no dejarse sorprender? Mejor si engañaba mis sentidos hasta que fuera inevitable… y caer en cuenta de lo hacía al tener la mitad de mis pies en el aire.

Por un segundo infinito, el pánico de enfrentarme a la nada. El llamado del abismo. Entonces, al menos en mi mente, el tiempo se detuvo. Los últimos meses pasaron frente a mis ojos como conclusión de mis últimos años y del camino de innumerables elecciones que una por una me llevaron hasta ese momento. Todo se resumió a la siguiente frase: “Estás exactamente donde querés estar, ¿qué vas a hacer?”. Y de inmediato, su respuesta…

“Disfrutar.”

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A partir de allí, ya no hubo nada, ruidos, abismo ni vacío. Solo eramos la inmensidad de un indescriptible paisaje y yo.

Y luego: Paz…

… una increíble y abrumadora sensación de paz, como creo que nunca había sentido.

“To my friends, old and new ones. Thanks for make it possible…”

En medio de ese “Play” anunciado, entre tanta vorágine creativa y disfrute de lo cotidiano, vuelvo a toparme con esas almas sensibles e imaginativas que se preguntan por los motivos del universo. La razón detrás de la belleza, la casualidad, la magia y los obstáculos. “¿Por qué pasan estas cosas?” “¿Quién está detrás de todo esto?”. La conexión que nos vincula y nos trasciende a todos.

Mientras me llegan esas preguntas, me examino un poco y me doy cuenta buena parte de mi credo interior se ha basado se asignar nuevos significados a lo convencional. Rescatando algunas de las cosas buenas, allí donde había amigos, encontré “familia”, en el abandonado cajón de los miedos, hallé mayormente “desafíos” y sobre la colección de posibles sucesos remotamente trágicos o estresantes de mi vida, di con una inagotable cantidad de anécdotas que con tanto placer hoy recolecto.

Desde la costumbre de musicalizar mis memorias o de conservar viejas entradas a lugares y sucesos que activan bellos recuerdos, a aquellos talismanes que con cariño conservo, todo ha ido adquiriendo un significado propio, un valor que cuenta e importa solo en lo personal. Me doy cuenta que todo es una construcción, una forma de entender el mundo que más de una vez ha sabido desafiar a las leyes de la física y la lógica (ahora que lo pienso, existen al menos dos conocidas a las que podría apodar así) donde la mística detrás de las pequeñas cosas ocupa un enorme lugar.

Y en medio de tantas cosas, me sorprendo aceptando el misterio. No me pregunto ya porque alguien es mi hermana. Lo es, lo se. Punto. Tampoco porque se exactamente como piensa o siente otra persona con la que efectivamente comparto parte de mi alma. O como se ha dado el código por el que con tantos otros podemos terminarnos las frases sin necesidad de palabras. Las conexiones simplemente están dadas: no se ven, se sienten. Quizás empezó a pasar cuando dejé de preguntarme los “por qué”, sino “para qué”. Cuando supe que de cada experiencia me tendría que llevar algo. Tratar de entender para qué es que alguien llegó a mi vida y cuál es el significado que va a adquirir cada uno de esos encuentros.

Entonces, una vez más, a quebrar lanzas por los encuentros, las cosas significativas y todas esas hermosas conexiones que hacen al milagro compartido de todos los días…


(… y que ni lo comercial se apodere de aquella música que con lo más simple captura el alma…)

Tiempos difíciles

Publicado: 28 agosto 2013 en De la vida y todo lo demás

Con nuevo viaje en marcha y frente al ineludible comienzo de esta nueva temporada, siento que escapo por fin a un breve pasaje por lo gris. El detalle gracioso esta vez es la exactitud con la que mi hermana lo profetizó. Simplemente en una de sus charlas me mencionó que: “La gente está rara” y después tiró un “Play”, que, de la noche a la mañana, con el aporte de actitud correcta (y un viaje relámpago de por medio) logró poner mi vida de cabeza una vez más bajo el mágico arte de esas oportunidades únicas que siempre rayan en lo poco creíble.

Y sin embargo… “La gente está rara”… ¿tanto resonó esa frase que no me la pude sacar de la cabeza?.

Es extraño, pero a pesar de haber transitado esa etapa gris, en el afán de traer el espíritu de viaje a estos, los tiempos lentos, no dejé de buscar soñadores. Lo llamativo fue toparme con tanta gente hablando en un idioma tan distinto. Me interesé en tratar de conocerlos y hasta me trataron de loco, solo por demostrar interés. Por preguntar sobre sueños y pasiones. Por pedirle a alguien que se defina por algo más que su profesión o sus estudios. O que sepa buscar, más allá de sus miserias, aquella luz bajo la cual es único en su clase

¿Por qué elegimos definirnos de otra forma? Que mejor que a través de nuestras metas, deseos, capacidades creativas… La colección de elecciones y experiencias, los obstáculos que supimos superar. Aquellas cosas que disfrutamos y las que nos motivan a hacer. Sin importar cuales sean: así decidiéramos ser zapateros, estoy seguro que un zapatero apasionado con lo que hace sería una persona más que interesante de conocer.

El abismo de lo gris sigue ahí, latente, espectante. Con su conformidad, su indolencia, su contemplación de lo ajeno y su dedo acusador. Esperando por esos momentos de debilidad cuando pequemos de faltos de color (decir que no los tendremos es mentir descaradamente). Ya lo decía Amelié Poulain, “tiempos difíciles para soñadores”. Lo bueno es que ya sabemos salir de lo gris. O mejor: que sepamos lo que queremos y tengamos la voluntad de salir…

…y a todo lo que tenga que venir: Play =)

Hoy vengo con la más simple de las confesiones: escribir me ha salvado (Errr… ¿oremos hermanos? =P).

No, no, tranquilos, no es que ninguna secta (católicas ni de las otras) me usó la frente para tallar la ropa. Me refiero a que, confrontando más de alguna situación límite, bajar a papel la madeja de emociones descontroladas que suele invadirme (en un inglés de mierda: “of meat we are”), me ha traído mucha paz. Ha permitido sacarme de encima algo que está trabado, verlo desde lejos y darle la importancia que realmente merece. No como acto de control, sino de mera catarsis. Hay veces que tras releerlo me convenzo plenamente de que merece ser liberado al mundo. Otras, termina en un cajón, borrador, papelera de reciclaje u otra yerba, por ser mero veneno que no encuentro necesidad de acumular acá dentro: lo bueno es que si está escrito, no está acá en el pecho. Y no saben lo sano que resulta.

Otras veces tengo mucha, pero mucha suerte y de la relectura sale aquel escaso … “gesto superador“. El punto de vista que no había tenido, el que me permite trivializar la situación, cagarme de risa ante la estupidez que me tenía mal o darme cuenta de mi posible responsabilidad sobre lo que pasó y de la vuelta de tuerca para hacer algo al respecto. Ojo: acá nadie es un iluminado, pero que bueno es caer, de tanto en tanto, y poder darte cuenta a tiempo lo pelotudo que sos.

Escribir me ha liberado de rencores de antaño, ha llamado al olvido aquellos viejos demonios e incluso me ha permitido reírme de mis más grandes… ¿tragedias? Sepan disculpar, se me hacen tan tontas a la distancia. Si, seguro que hay alguna buena lágrima derramada (y con el tiempo transformada en sonrisa) para aquellas bellas personitas que supieron tocar el cuore. Y si algún rencor queda, por seguro será reservado para los que se metan con la gente que quiero. El resto solo son sanas decisiones sobre quien forma o no parte de la vida de este colgado, que siempre reserva una sonrisa para los que están y un buen abrazo para aquellos que sin querer perdió en el camino. Para el resto, un deseo de sincera y muy lejana felicidad desde el fondo del cajón del olvido.

Pero no quiero terminar esto así. Quería invitarlos a la práctica, a ver si a alguien más le sirve. A cuando nos queme el pecho o traigamos la mochila pesada, tomar un papel y descargar. A no acumular veneno innecesario, a mirarnos desde afuera. A poder decir: “Pero que pelotudo que soy”, con ganas. Y reír…

(… tras un sueño con volar, justo hoy me despierto con Osiris. Hace tanto que no lo escuchaba…)

Pd:

No debe haber nada mejor o peor para la inspiración o la reflexión personal que una noche en vela. Para aquellos que son velozmente poseídos por el espíritu de milenarias madres sobreprotectoras, a no preocuparse: me he mantenido despierto por más tiempo, en noches de un estrés mucho más significativo, de momentos más terribles y acá sigo estando. Aparte, creo que a esta altura todos sabemos que si me muero alguna vez será porque el mar me reclamó alguna vez más, porque me arriesgué a otra de esas cosas locas que aún tengo en el tintero o, más seguro, en manos de alguna futura ex que se esmeró para superar a las que hasta ahora he tenido (… supongo que la señorita en cuestión esta vez conseguirá un Scania en pos de repetir aquello de: “A lo pasado, pisado”…).

Lo particular del caso es la ausencia de problemas sinceros. Si, puedo estar algo pasado de trabajo y en más de un proyecto al que no le veo del todo el sentido aún, pero bueno, supongo que un poco es la suerte de la página en blanco: seguir algunos caminos hasta ver a donde me llevan. ¿Entonces? ¿Me están afectando las leyes de la comedia? ¿Será la ausencia de sonrisas quizás?

No se, de un tiempo a esta parte, las sonrisas han escaseado bastante. El mes ha dado vuelta la página desde aquel reciente momento gris en el que tuve que matar una ilusión ajena y, pese a la ficticia esperanza de no haber dejado heridas, creo que desde entonces algo de lo gris se quedo conmigo. Tengo la extraña sensación de que el entorno de este invierno trae consigo el sabor de una extraña pareja avejentada, con pocas ganas de mover en pos de nuevos objetivos y horizontes por mucha gana o garra que uno quiera ponerle.

Quizás… quizás todo era más fácil cuando el cuore tenía GPS, cuando la brújula de lo imposible al menos apuntaba lejos y uno se esmeraba en hacer lo improbable solo por aceptar aquel hermoso desafío. Sería más fácil todavía si tuviéramos la sabiduría de mirar al medidor actual, a esa pulsión que llamamos”felicidad” y diferenciarla de aquellos “momentos felices” que nos permiten de tanto en tanto ganar una sonrisa tan solo por recordarlos.

Creo que el problema que me quita el sueño (¿o son los sueños?) es la ausencia de sonrisas por robar, la necesidad de poder hacer feliz a alguien, el desafío de aquel experto prestidigitador de otras épocas para continuamente seguir sacando ases de la manga. Definitivamente, me hace falta soñar…

(… I miss the little talks…)