Archivos para febrero, 2014

El año no había comenzado con el pie adecuado: viajar a Sudáfrica requería una vacuna contra la fiebre amarilla que podía desencadenar una reacción leve de la misma fiebre. Podía… y bien que lo hizo. Programado para el primer día del año, el viaje se veía pospuesto una semana:  la víspera del fin de año pasaba con 40º de temperatura, con la imposibilidad de incorporar a mi cuerpo ninguna clase de nutrientes y con una migraña que, al lado del peor dolor de cabeza en mi historia, era poner al Padrino de Marlon Brando frente a un pobre y desarmado jefe Górgory. Si faltaba algo, una consulta al médico por molestias varias anunciaba que tras cierto astillamiento de costilla años atrás, 216 metros de un salto bungee al vacío, principal razón detrás del viaje, podía traer secuelas…

Viajé con el resabio de todo esto, desconcertado y quizás hasta desmotivado, en buena parte por dejar en esta costa del océano a esa personita maravillosa, de complicidad y comprensión eterna, con la que tanto he compartido estos últimos meses. Ya en Ciudad del Cabo, costó adaptarse a un cambio de 5 horas, al inglés como lengua que en otros viajes tan natural me había resultado y a la atmósfera de una ciudad de la que no alcanzaba a ver más que un minúsculo recorte. Había como un ruido en el fondo de mi cabeza, tan evidente, que Santi, mi buen compañero de viaje, trató todo el tiempo de ponerle una necesaria cuota extra de onda como para compensar.

Los días y un par de destinos pasaron, con algunas vistas que escapan a cualquier narrativa como el tope de Table Mountain o los caminos de trekking en Wilderness. Comenzábamos a conocer gente fantástica que luego, cual buen final de película, reencontraríamos. Surgía incluso la oportunidad de sumar como tercer mosquetero, a Phil, un británico con más millas que coherencia y la actitud más que adecuada para la aventura… pero el ruido seguía ahí, cual resaca mal curada, atontándome, dejándome el regusto inexplicable de la falta de reacción.

Antes de darme cuenta ya estábamos en Nature’s Valley, ya era 16 de enero y vaya a saber quien me preguntaba: “¿Vas a saltar?”. Listos para dirigirse hacia el puente de Bloukrans, Phil había juntado a una pequeña multitud de desquiciados que ayudaron a hacer aquel ruido a un lado. Dejando de lado todo buen juicio, ya había dicho que sí. Al fin y al cabo, era lo primero que dije de hacer en caso de viajar a Sudáfrica. Sin saber su razón, era lo que había venido a hacer.

No sabía que esperar… ¿adrenalina? ¿vacío? (¿una costilla rota?)… por lo que hice el esfuerzo de no esperar nada. Era el paso final del año de la página en blanco, ¿por qué no dejarse sorprender? Mejor si engañaba mis sentidos hasta que fuera inevitable… y caer en cuenta de lo hacía al tener la mitad de mis pies en el aire.

Por un segundo infinito, el pánico de enfrentarme a la nada. El llamado del abismo. Entonces, al menos en mi mente, el tiempo se detuvo. Los últimos meses pasaron frente a mis ojos como conclusión de mis últimos años y del camino de innumerables elecciones que una por una me llevaron hasta ese momento. Todo se resumió a la siguiente frase: “Estás exactamente donde querés estar, ¿qué vas a hacer?”. Y de inmediato, su respuesta…

“Disfrutar.”

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A partir de allí, ya no hubo nada, ruidos, abismo ni vacío. Solo eramos la inmensidad de un indescriptible paisaje y yo.

Y luego: Paz…

… una increíble y abrumadora sensación de paz, como creo que nunca había sentido.

“To my friends, old and new ones. Thanks for make it possible…”

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