Laberintos

Publicado: 3 julio 2013 en Te quise en miércoles

(fragmento de “Te quise en miércoles”)

“Orientación, memoria, voluntad, curiosidad, paciencia. Desde pequeño, aquellos habían sido sus dones, muchos heredados en reconocimiento a las virtudes de su padre (con el que coincidían en todo menos una fundamental diferencia que los alejaba de forma irreconciliable)… pero era la orientación aquella que ponía a su padre más orgulloso. Soltarle en algún territorio extraño era permitirle mapear el terreno de forma inmediata e inconsciente, como si tuviera una vista aérea de si mismo. Los espacios verdes, abiertos le eran inmediatos, naturales, intrínsecos. Las ciudades le tomaban algo más, dependiendo del espacio a transitar, rara vez más allá de 24 hs porque no podía darse el lujo de contar con ese tiempo. Resolver laberintos en una hoja era cuestión de minutos y recorrerlos en persona, una pasión que le invitaba a correr hasta su salida. No representaban un desafío y eso casi que le decepcionaba. Por eso, los de su mente, eran infinitamente más complejos…

Para comenzar, cada paso del laberinto debía tener la ilusión de ser igual que el anterior. Un punto de referencia, por pequeño que fuera o por mucho que mute el recorrido a su alrededor, era un avance hacia la salida (si es que hubiera una). Los pasillos eran una gran ventaja en correspondencia y perspectiva, por lo que empezó a construirlos solo de habitaciones, al principio de paredes simétricas e idénticas cuyo juego era encontrar por cuales se podía pasar a través. Luego tampoco fue suficiente y comenzó a hacerlas cambiar. Recordó relatos de la niñez y había llegado al punto en el que la referencia era propia: cada habitación se había vuelto un desafío conceptual cuya única referencia estaba sobre si mismo, sobre su sentir frente a cada situación.

Allí, sin embargo, perseguía a incontables doncellas, algunas etéreas, otras bien reales con las que compartía los espacios ganados al ensueño. Las anticipaba en sus antesalas, jugaba con ellas por sus paisajes, iba a su búsqueda frente a algún muy puntual llamado. Y ahora… ahora era un extraño dentro de su propio laberinto. Había perdido toda memoria de como recorrerlo. Se repite para sí aquel mapa: “de la negación por la locura, de la locura por lo sensible, de lo sensible por el dolor, del dolor por la ilusión, de la ilusión…” pero de nada le sirve. Está atrapado, inmóvil, en la antesala.

En la realidad, Javier se hace un té. Es el tercero del día y el segundo de la noche: hace más de dos horas que trata, sin éxito, de conciliar el sueño. Ya probó con ver alguna serie pasatista, continuar algo de trabajo pendiente e incluso con ponerse a leer algo aburrido. Solo se aburrió. Tomó el teléfono celular y miró el mensaje de una vieja y especial amiga, amor de otras épocas. Trató de recordar, de recordar como eran sus besos, la caricia de su piel, el centenar de especiales recovecos que con tanto placer había encontrado en ella. Supo… supo que había un lugar en el que ella se apoyaba sobre su pecho para dormir, pero saberlo no era poder revivirlo. No había conexión entre el conocimiento y el recuerdo, ya que el segundo no estaba ahí. Sabía perfectamente que habían tenido incontables primeros besos, que robar cada uno respondía a la concreción del más natural deseo irrefrenable y que cada uno había tenido un sentido especial, único, indescriptible. Pero no podía recordarlos…

Apenas quedaba la tenue memoria de algún sentido abrazo cuando ya habían pasado al plano de la amistad. De cuando ambos, queriéndose mucho, decidieron seguir adelante. Volvió a apoyar la cabeza en la almohada y trató de recordar otros de los miles besos que había dado a decenas de otras muchachas. Ninguno vino a su (corazón) mente.

Detenido, en la entrada del laberinto, dio media vuelta, apenas unos pasos y cerró sus puertas. Abandonó la necesidad de transitar su camino, simplemente, porque no tenía sentido hacerlo. Carecía de respuestas o tenía todas las que ya había encontrado. Era hora de dejar atrás viejas estructuras…”

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comentarios
  1. Flor dice:

    Te debo la brújula Javi.
    (Jazmín)

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