Archivos para julio, 2013

Hoy vengo con la más simple de las confesiones: escribir me ha salvado (Errr… ¿oremos hermanos? =P).

No, no, tranquilos, no es que ninguna secta (católicas ni de las otras) me usó la frente para tallar la ropa. Me refiero a que, confrontando más de alguna situación límite, bajar a papel la madeja de emociones descontroladas que suele invadirme (en un inglés de mierda: “of meat we are”), me ha traído mucha paz. Ha permitido sacarme de encima algo que está trabado, verlo desde lejos y darle la importancia que realmente merece. No como acto de control, sino de mera catarsis. Hay veces que tras releerlo me convenzo plenamente de que merece ser liberado al mundo. Otras, termina en un cajón, borrador, papelera de reciclaje u otra yerba, por ser mero veneno que no encuentro necesidad de acumular acá dentro: lo bueno es que si está escrito, no está acá en el pecho. Y no saben lo sano que resulta.

Otras veces tengo mucha, pero mucha suerte y de la relectura sale aquel escaso … “gesto superador“. El punto de vista que no había tenido, el que me permite trivializar la situación, cagarme de risa ante la estupidez que me tenía mal o darme cuenta de mi posible responsabilidad sobre lo que pasó y de la vuelta de tuerca para hacer algo al respecto. Ojo: acá nadie es un iluminado, pero que bueno es caer, de tanto en tanto, y poder darte cuenta a tiempo lo pelotudo que sos.

Escribir me ha liberado de rencores de antaño, ha llamado al olvido aquellos viejos demonios e incluso me ha permitido reírme de mis más grandes… ¿tragedias? Sepan disculpar, se me hacen tan tontas a la distancia. Si, seguro que hay alguna buena lágrima derramada (y con el tiempo transformada en sonrisa) para aquellas bellas personitas que supieron tocar el cuore. Y si algún rencor queda, por seguro será reservado para los que se metan con la gente que quiero. El resto solo son sanas decisiones sobre quien forma o no parte de la vida de este colgado, que siempre reserva una sonrisa para los que están y un buen abrazo para aquellos que sin querer perdió en el camino. Para el resto, un deseo de sincera y muy lejana felicidad desde el fondo del cajón del olvido.

Pero no quiero terminar esto así. Quería invitarlos a la práctica, a ver si a alguien más le sirve. A cuando nos queme el pecho o traigamos la mochila pesada, tomar un papel y descargar. A no acumular veneno innecesario, a mirarnos desde afuera. A poder decir: “Pero que pelotudo que soy”, con ganas. Y reír…

(… tras un sueño con volar, justo hoy me despierto con Osiris. Hace tanto que no lo escuchaba…)

Pd:

Laberintos

Publicado: 3 julio 2013 en Te quise en miércoles

(fragmento de “Te quise en miércoles”)

“Orientación, memoria, voluntad, curiosidad, paciencia. Desde pequeño, aquellos habían sido sus dones, muchos heredados en reconocimiento a las virtudes de su padre (con el que coincidían en todo menos una fundamental diferencia que los alejaba de forma irreconciliable)… pero era la orientación aquella que ponía a su padre más orgulloso. Soltarle en algún territorio extraño era permitirle mapear el terreno de forma inmediata e inconsciente, como si tuviera una vista aérea de si mismo. Los espacios verdes, abiertos le eran inmediatos, naturales, intrínsecos. Las ciudades le tomaban algo más, dependiendo del espacio a transitar, rara vez más allá de 24 hs porque no podía darse el lujo de contar con ese tiempo. Resolver laberintos en una hoja era cuestión de minutos y recorrerlos en persona, una pasión que le invitaba a correr hasta su salida. No representaban un desafío y eso casi que le decepcionaba. Por eso, los de su mente, eran infinitamente más complejos…

Para comenzar, cada paso del laberinto debía tener la ilusión de ser igual que el anterior. Un punto de referencia, por pequeño que fuera o por mucho que mute el recorrido a su alrededor, era un avance hacia la salida (si es que hubiera una). Los pasillos eran una gran ventaja en correspondencia y perspectiva, por lo que empezó a construirlos solo de habitaciones, al principio de paredes simétricas e idénticas cuyo juego era encontrar por cuales se podía pasar a través. Luego tampoco fue suficiente y comenzó a hacerlas cambiar. Recordó relatos de la niñez y había llegado al punto en el que la referencia era propia: cada habitación se había vuelto un desafío conceptual cuya única referencia estaba sobre si mismo, sobre su sentir frente a cada situación.

Allí, sin embargo, perseguía a incontables doncellas, algunas etéreas, otras bien reales con las que compartía los espacios ganados al ensueño. Las anticipaba en sus antesalas, jugaba con ellas por sus paisajes, iba a su búsqueda frente a algún muy puntual llamado. Y ahora… ahora era un extraño dentro de su propio laberinto. Había perdido toda memoria de como recorrerlo. Se repite para sí aquel mapa: “de la negación por la locura, de la locura por lo sensible, de lo sensible por el dolor, del dolor por la ilusión, de la ilusión…” pero de nada le sirve. Está atrapado, inmóvil, en la antesala.

En la realidad, Javier se hace un té. Es el tercero del día y el segundo de la noche: hace más de dos horas que trata, sin éxito, de conciliar el sueño. Ya probó con ver alguna serie pasatista, continuar algo de trabajo pendiente e incluso con ponerse a leer algo aburrido. Solo se aburrió. Tomó el teléfono celular y miró el mensaje de una vieja y especial amiga, amor de otras épocas. Trató de recordar, de recordar como eran sus besos, la caricia de su piel, el centenar de especiales recovecos que con tanto placer había encontrado en ella. Supo… supo que había un lugar en el que ella se apoyaba sobre su pecho para dormir, pero saberlo no era poder revivirlo. No había conexión entre el conocimiento y el recuerdo, ya que el segundo no estaba ahí. Sabía perfectamente que habían tenido incontables primeros besos, que robar cada uno respondía a la concreción del más natural deseo irrefrenable y que cada uno había tenido un sentido especial, único, indescriptible. Pero no podía recordarlos…

Apenas quedaba la tenue memoria de algún sentido abrazo cuando ya habían pasado al plano de la amistad. De cuando ambos, queriéndose mucho, decidieron seguir adelante. Volvió a apoyar la cabeza en la almohada y trató de recordar otros de los miles besos que había dado a decenas de otras muchachas. Ninguno vino a su (corazón) mente.

Detenido, en la entrada del laberinto, dio media vuelta, apenas unos pasos y cerró sus puertas. Abandonó la necesidad de transitar su camino, simplemente, porque no tenía sentido hacerlo. Carecía de respuestas o tenía todas las que ya había encontrado. Era hora de dejar atrás viejas estructuras…”

No debe haber nada mejor o peor para la inspiración o la reflexión personal que una noche en vela. Para aquellos que son velozmente poseídos por el espíritu de milenarias madres sobreprotectoras, a no preocuparse: me he mantenido despierto por más tiempo, en noches de un estrés mucho más significativo, de momentos más terribles y acá sigo estando. Aparte, creo que a esta altura todos sabemos que si me muero alguna vez será porque el mar me reclamó alguna vez más, porque me arriesgué a otra de esas cosas locas que aún tengo en el tintero o, más seguro, en manos de alguna futura ex que se esmeró para superar a las que hasta ahora he tenido (… supongo que la señorita en cuestión esta vez conseguirá un Scania en pos de repetir aquello de: “A lo pasado, pisado”…).

Lo particular del caso es la ausencia de problemas sinceros. Si, puedo estar algo pasado de trabajo y en más de un proyecto al que no le veo del todo el sentido aún, pero bueno, supongo que un poco es la suerte de la página en blanco: seguir algunos caminos hasta ver a donde me llevan. ¿Entonces? ¿Me están afectando las leyes de la comedia? ¿Será la ausencia de sonrisas quizás?

No se, de un tiempo a esta parte, las sonrisas han escaseado bastante. El mes ha dado vuelta la página desde aquel reciente momento gris en el que tuve que matar una ilusión ajena y, pese a la ficticia esperanza de no haber dejado heridas, creo que desde entonces algo de lo gris se quedo conmigo. Tengo la extraña sensación de que el entorno de este invierno trae consigo el sabor de una extraña pareja avejentada, con pocas ganas de mover en pos de nuevos objetivos y horizontes por mucha gana o garra que uno quiera ponerle.

Quizás… quizás todo era más fácil cuando el cuore tenía GPS, cuando la brújula de lo imposible al menos apuntaba lejos y uno se esmeraba en hacer lo improbable solo por aceptar aquel hermoso desafío. Sería más fácil todavía si tuviéramos la sabiduría de mirar al medidor actual, a esa pulsión que llamamos”felicidad” y diferenciarla de aquellos “momentos felices” que nos permiten de tanto en tanto ganar una sonrisa tan solo por recordarlos.

Creo que el problema que me quita el sueño (¿o son los sueños?) es la ausencia de sonrisas por robar, la necesidad de poder hacer feliz a alguien, el desafío de aquel experto prestidigitador de otras épocas para continuamente seguir sacando ases de la manga. Definitivamente, me hace falta soñar…

(… I miss the little talks…)