Post nubila phoebus

(“Tras las nubes, el sol…”. Gracias por tan lindo título prestado)

El invierno llegó, pese a esa ceguera torpe que a veces nos impide ver como a partir de ahora, el sol gana minutos al horizonte. Los días de noche quedan atrás: con un trebol de 5 hojas y un dolar de la suerte, el guionista me hace un nuevo guiño. Y habiendo dejado atrás el día del amigo, por alguna discusión sobre los fundamentos de aquella fecha, vino hacia mi una breve reflexión sobre ese lazo de base que une las relaciones humanas. La confianza…

Alguna vez leí que si he de transformarme en un villano de literatura clásica, mis lugartenientes solo deberían tener tres rangos: no confiable, poco confiable y completamente confiable: rango que solo es alcanzado en forma póstuma. Abogando más por aquello de que “la gente, antes que mala, es tonta” (postulado que desarrollaré en otro momento y por el que concluyo en que para ser malo es necesario un cierto nivel de astucia), es increíble como, con un poco de buena disposición, cada vez que conocemos algo más de las personas a nuestro alrededor ponemos en juego esa moneda de buena fe tan fácil de dar como, extrañamente, de perder.

El acto de confiar no requiere pensamiento. Simplemente, “nos nace” (o no). De hecho, cuando pensamos es cuando perdemos. Porque la duda se presenta como la enemiga natural.

¿Realmente necesitamos desconfiar de todo? ¿Saberlo todo? ¿Tan poco permitimos a los demás ser humanos y fallar? La confianza solo se rompe verdaderamente frente a las malas intenciones y, sin embargo, ¿cuantas veces la habremos dejado caer frente a las grietas de la duda?

La duda… ese poderoso motor de las grandes ideas que a su vez es una de las más poderosas armas en el arsenal de la entropía. Una plaga, que frente a la opción, frente a las múltiples posibles causas de un hecho, solo nos revelará la peor, la más macabra, aquella que surge directamente de nuestros miedos.

Es que frente a esa duda, nos hacemos trampa a nosotros mismos.

Porque lo que nos cuestionamos ya deja de ser ese hecho o esa persona. Nos cuestionamos nuestra capacidad de tener buen juicio. Fallamos en recordar que nosotros fuimos los que elegimos de quien rodearnos, a quien dejarle la puerta abierta de nuestra vida. Olvidamos preguntar cual es el valor de esa persona, que gesto vimos en ella, con que nos identificamos, cuando supo estar… por qué la consideramos buena desde un principio.

Me convenzo cada día más que quien juzgue los hechos por lo que son y no por la intención con que fueron realizados, nada llegará a conocer de las personas. Tan cierto como que abundan los tejedores de mentiras, los necesitados, los cagadores, los del juicio fácil… tan cierto como eso, es que tenemos alrededor gente que actúa de buena fe, a pesar de no ser infalibles.

Que mejor que al encontrar uno de ellos, poder decirle: “Yo creo en vos…”

“… a mis amigos, incluso más, cuando se equivocan.”