Solo por dar…

Publicado: 4 octubre 2010 en De la vida y todo lo demás

Al menos durante los últimos 2500 años, todo gran pensador (no cito nombres para no aburrir), se ha preguntado si el hombre es, por derecho, naturalmente malo o bueno. Como suscribo a aquello que no hay tal cosa como blanco o negro sino que todas son tonalidades en realidad, traigo a colación algo que llamó poderosamente mi atención. Aún el más acérrimo defensor de la perversidad del hombre, aún aquellos que apoyan que si nos dejaran nos mataríamos unos a otros sin dudarlo, considera que hay un código dispuesto a respetar, aquel que surge del contrato con su sociedad: La deuda.

La deuda implica algo a cumplir que nos mueve a actuar en un interés que no sea el nuestro. Aún con la certeza de que la vida misma dependiera de un hilo, de que saldada esta nada impediría que uno mate al otro, el interés común, el contrato social, la necesidad de ese otro que es útil a nuestro interés, mantendría el status quo entre ellos. Esto es una doble tranquilidad para los hombres de gris, ya que les permite elegir que deudas contraer (o cuales prestar) y, a su vez, les posibilita crear enemistades no necesariamente mortales, incluso sin motivo, permitiendo encontrar culpables externos a la miseria propia.

Es por eso que a veces les resulte tan extraño el hecho de dar por dar. La gente de otoño se siente rápidamente en deuda: les cuesta comprender el concepto. Desconfían. Quizás otros han jugado con su ilusión tantas veces que la reacción más natural es pensar que hay una razón más. Un interés al que responde el gesto. Un compromiso contraído sin que ellos así lo hayan querido. Y, con los soñadores, el motivo más probable es, de seguro, el más evidente. El de lograr que a través de un gesto, de robar una sonrisa, esa persona triste recupere su color…

La vida es una seguidilla de sorpresas. Una montaña rusa de lentos ascensos y grandes caídas, en las que si no gritamos, si no nos permitimos sacar el aire de nuestro pecho y en consecuencia, tomar una larga bocanada, terminamos ahogándonos. Batallemos cada tonto fantasma interno, apostemos a las decisiones que salen del cuore, seamos capaces de hacernos cargo de lo que sentimos a cada paso del camino. Arriesguemos, ni que más no fuera por sentir que es lo correcto…

Y así, aunque perdamos, aunque no lleguemos a buen puerto, aunque confiemos y seamos defraudados, a través de estas pequeñas cosas en algún lugar del universo, algún contador habrá sumado en nuestro favor. Algo en nuestro interior hablará de coherencia. Algún piadoso guionista futuro, con una pizca de justicia divina en su pluma, dirá: “¿Y ahora? Ahora viene lo bueno…”

(… una larga bocanada de aire y luego, paciencia…)

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