Archivos para abril, 2010

Aquellos que no sean afectos a los comics, les sonará al menos apenas por las películas, series y dibujitos (y si no, vayan a Mercado Libre y cómprense una infancia), que Peter Parker no es otro que el pobre tipo que tras mordida de una araña se vuelve nada menos que Spiderman. Lo que muchos no recordaran es su increíble estigma. Allá por cuando lo crearon, el escritor se propuso hacer un tipo bastante real, con problemas reales: sin un mango, loser, medio nerd, capaz pero enquilombado con los estudios y con un jefe que, a la par de miles de villanos, estaba dispuesto a hacerle la vida imposible. Aún así, ninguno de estos iban a calificar entre sus mayores problemas.

Su mayor problema fue que los escritores se dieran cuenta que un tipo feliz no les resultaba interesante.

No, para que su vida fuera interesante de leer, tenían que por lo menos, complicársela hasta lo indecible. Su tío muere porque el no detiene a un ladrón. Su novia, porque tratando de salvarla se quiebra el cuello. Su mejor amigo se vuelve drogadicto y luego enloquece por su culpa. Esto si no vamos pura y directamente a las terribles cosas que caen en la irracionalidad característica del comic: matarlo, hacerlo evolucionar, clonarlo… Y si faltara algo, no solo le termina vendiendo el alma al diablo por la vida de su tía, sino que encima le hacen olvidar que tenía una esposa. Simpáticos los tipejos que escriben su historia, ¿no?

A pesar de todo esto, a pesar de tener millones de historias por las que un pobre tipo de carne y hueso ya se hubiera suicidado una buena docenas de veces, la mayor ‘virtud‘ del personaje es la de enfrentar todo esto con una sonrisa. Porque a pesar de todo, lo más remarcable de su historia es que, dios lo salve de cada guionista idiota, en ningún momento de ella perdió la capacidad de enfrentar todo esto con su sentido del humor intacto.

Parafraseando al Nano Serrat, para que “hoy pueda ser un gran día”, depende por completo de nosotros. Sin esfuerzo, podemos encontrar mil motivos para dejarnos abatir y ninguno para levantar siquiera un poco el ánimo. Aún así, llámenle karma o justicia divina, en el momento en el que empecemos a sonreírle a la vida, vamos a ver como nos devuelven la sonrisa. Es una simple cuestión de actitud. Porque, como si se tratara de las cartas que jugábamos cuando éramos chicos, cada obstáculo que superemos, será una “victoria ganada” más que se suma a nuestro marcador…

“Hoy puede ser un gran día”
plantéatelo así: aprovecharlo o
que pase de largo depende en parte de tí.”

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Alguna vez ya dije por ahí que mi versión del de arriba, usa pantuflas. Se trata de ese viejito que atiende los feriados, como para darle algún día libre al guionista (así el otro guacho no le hace huelga). Cada tanto baja y no es difícil verlo: se lo identifica fácil porque tiene una sonrisa como si se ganara la lotería todos los viernes (… o será que lo pone contento ver que solo gana viernes por medio). En su inverosímil perfección, juega todo el tiempo a los dados con cada uno de nosotros y le apuesta el clima a las limpiezas de autos, las duchas infrecuentes y los inicios de dietas que nunca arrancan. Pasa que nos quiere como somos y se emociona por cualquier pavada en la que busquemos el cambio.

Asimov solía postular que dada una cantidad infinita de tiempo, cada uno de nosotros terminaríamos por tener alguna brillante epifanía, una suerte de aporte general hacia el conocimiento universal. Uno, que no es tan ambicioso, se ha convencido que son pocas grandes enseñanzas que se va a llevar sobre la vida, el universo y todo lo demás. Y ni que hablar, de las mujeres (por citar: “Ante una situación donde una muchacha se va a enojar porque hagas algo o tanto como porque no lo hagas, hacé lo que vos tengas ganas. Por lo menos, que se enoje por algo que puedas defender.”). Ocurre al menos que ese viejito buena onda al momento de largarnos al mundo, nos dió una palmadita en el hombro y nos dejó una brújula con una inscripción que dice: “Las decisiones van por tu cuenta.”

Qué responsabilidad, ¿no? Cuantas monedas habremos tirado al aire rogando secretamente que caigan cara, cuantas veces habremos depositado nuestra confianza en el psicólogo, taxista, párroco, rabino, peluquero, tarotista y/o (con suerte) amigo de turno, sólo para buscar quien decida lo que internamente ya hemos decidido o para que nos diga eso que nos negamos a escuchar de nosotros mismos. No “aceptamos el misterio”: disfrazamos de casualidad cosas que surgen como consecuencia de nuestras acciones, de lo que dejamos pasar, de nuestra falta de reacción frente a esa vida que nos pasa por delante y que es preferible culpar al de arriba en vez de hacer un sincero “mea culpa”. El guionista es un sutil manipulador de aquello que no depende de nuestras decisiones: para el resto, “hacete cargo“.

Si aprendemos a leer la brújula, el norte siempre apunta hacia uno mismo. Ninguna señal externa va a poder indicarnos mágicamente el camino y, si hay pocas cosas excepciones que confirmen la regla de nuestro libre albedrío, es esa hermosa incapacidad que tenemos de adivinar cuando y por donde nos va a caer el rayo…

Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.

» Julio Cortazar (gracias Xavita)