Cinco centímetros…

Todo pasó tan rápido, tan fugaz que apenas si pude darme cuenta… Fue un todo y un nada a la vez. Cuando caí en razones de que ese “a primera vista” era real, de todo lo que había empezado a sentir por ella, sin querer, había ya tocado tierra de nuevo.

Porque uds. saben, inconscientemente, había alcanzado esa irremplazable sensación de estar a 5 cms del suelo, de encontrar alguien que realmente vale la pena cualquier esfuerzo, alguien por quien vale la pena darlo todo, arriesgarlo todo una vez más y saber que aunque pierdas, estás por el buen camino.

Quizás hoy lo vea como una herida, porque escuchar ciertas cosas… bah, leerlas… fue como si el corazón se detuviera en ese momento (… y no, no creo que por un buen tiempo, vuelva a sentirlo latir). Aún así, muy para mis adentros se que esta no es una herida, sino una huella, de una persona muy especial, una persona espontánea, ocurrente, sincera, impulsiva, capaz de darlo todo por lo que cree, por lo que siente. Una persona sorprendente. La más hermosa soñadora que haya cruzado en mi camino.

Al Hada de los Sueños, gracias al menos por esos breves momentos en los que, tan solo por compartir algo tan breve, me hiciste sentir tan tonto, embriagado, un poco loco… Los 5 cms.

Algo tan indescriptible para aquellos que no lo han sentido, que solo se me ocurre mostrarlo así:

(…’Cause you make my dreams come true)

Buscando la coincidencia

2006. Trabajando aún en el proveedor de Internet, salía victorioso tras un día agotador, en el que pude resolver un desastre provocado por Telefónica que casi hace que una mujer queme las oficinas e incluso que su hermano nos demande cuando cayó de cama con un pico de presión. A su vez, había arreglado que Telefónica, como gentileza por los desastres causados, refinancie los plazos de la deuda de mis jefes. Y si faltaba algo, ese mismo día, un amigo me ofrecía una oportunidad de trabajo única (de hecho, mi actual trabajo), que me permitía escapar de aquella pequeña incubadora de stress…

Era un día soleado de agosto y las oficinas quedaban justo frente a una plaza llena de verde. Era, en todo sentido, un buen día… Tomé aire, miré al cielo y me sentí realmente aliviado, satisfecho con la tarea cumplida y con el horizonte de algo muy bueno por llegar. Sin embargo, al cruzar la calle, como buen Murphy, el guionista me tenía que dar una señal de que su mano estaba detrás de esto. Fue allí en la plaza, entonces, que un hombre rubio vestido de negro, jugando con sus chicos, se dio vuelta y me pidió fuego

Debo explicar el contexto: ocurría que en ese entonces Telefe tenía fijas las repeticiones de “Los Simuladores”, donde el personaje de Mario Santos al finalizar cada operativo, pedía fuego a las víctimas de las simulaciones. Mario Santos, interpretado por Federico D’Elía. Y de todo el planeta, justo ese día, Federico D’Elía me tenía que venir a pedir fuego

Fue un momento de shock. Apenas un segundo, no pude contener la carcajada y él, dándose cuenta de su parte de la ironía, se echó a reir también. Traté de seguir camino y, juntando fuerzas, él trató de decirme aún entre risas:

– “¡Pero yo te pedía fuego en serio!”.

Solo pude darme vuelta y responder:

– “Puede ser… pero como chiste, es muy bueno”.

Estimados, la coincidencia existe. Ni que sea, para arrancarnos la sonrisa. No la busquemos, es inutil: siempre pero siempre caerá en el momento más inesperado. Y cuando llegue, nos daremos cuenta que siempre estuvo en nuestro camino…

(…solo que, para hacer honor a la costumbre, veníamos mirando para el otro lado)

De autostopistas y dulces Carolas…

¿Por qué conformarnos? ¿Qué nos impulsa a buscar amores llenos de justificativos, momentos que no se dieron y expectativas forzadas?

Pensando en la genial frase de Ismael Serrano (o de su padre), en la que cuestiona si existen otros amores que no sean los de a primera vista, y en tanto amor de película, recuerdo y me pregunto hace cuanto que no vivo uno de esos amores bien sentidos, un “a primera vista” mutuo… Uno de esos amores tan intensos dentro de los que dos personas pueden simplemente perderse, abstraerse y no dar lugar a nada más.

Recuerdo haber tenido uno así, que comenzó con ambos a la vez no pudiendo creer lo que el otro sentía. Seguramente habré vivido más de uno, pero queda en evidencia que ese es el más puro en mi memoria, quizás por haber comenzado en los albores de algún septiembre olvidado. Coronó el día de la primavera con ambos abrazados, bajo un arbol del bosque platense, mirándonos y besándonos, donde no puedo recordar otra cosa más que su rostro. Aún cuando no haya perdurado, hoy es una linda huella que mantener, un motivo (de los pocos) para creer en la existencia de los momentos perfectos y la capacidad de sentir de forma tan intensa.

Pero claro, la situaciones así no nos pasan todos los días. Y de impacientes, desorientados, confusos, solitarios y mal aconsejados, nos embarcamos en otras historias donde tapamos con el codo lo que el otro escribe con la mano. Tapamos eso que resultaba ser importante para nosotros y en lo que el otro no es lo que esperabamos. Ojo, no hablo de no saber aceptar esos pequeños, graciosos y hasta a veces muy dulces defectos de la otra persona. No, no. Hablo de como justificamos eso que no nos resultaba tan trivial y decimos: “No importa”. “No lo vi”. “No pasó”…

¿Es amar estar con alguien por el que merece más la pena vivir junto a ésa persona que sin ella? ¿No vale la pena preguntarnos si la felicidad no debería ser mutua, sentida, vivida, apasionada, intensa, divertida, cómplice, dulce, aventurera y tantas pero tantas otras cosas más?

Por favor: No nos conformemos. No nos salvemos, como bien dijo Benedetti, no dejemos caer los párpados pesados como juicio, ni reservemos un lugar tranquilo al borde del camino, ni nos llenemos de calma, ni querramos con desgano. No. Podemos tener personas valiosas en nuestras vidas sin dedicar nuestra vida a ellas. Podemos tener en el asiento de atrás grandes amigas, hermanas postizas, compañeras de aventuras, derechos a roce, locas lindas y tantas, pero tantas cosas más…

… pero sepamos reservar el asiento del acompañante para esa increíble persona, humana y falible, si, en todo aquello que nos es aledaño; pero que en las cosas importantes, realmente nos llena de todo, nos ofrece todo, con la que todo es mutuo, claro, bien sentido y, sobre todo, natural

(… porque todo tiene que darse naturalmente…)

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Pd: Vayan a ver “El hombre que corría tras el viento“. Sencillamente, una obra maestra basada en “La Dulce Carola” de Ismael Serrano…