Archivos para junio, 2009

Soy un convencido de que la perfecta armonía está en el constante movimiento.

Quizás es una sobredosis de temas de The Offspring, quizás sencillamente algo que nace tras percatarse lo quieto que uno ha estado durante tanto tiempo… Quizás es ese libro, Atrapa tu sueño, que de inmediato te provoca viajar, a donde sea, y empezar a cumplir cada una de las cosas que te quedan por delante. Como fuera, me dejo llevar por la corriente que el Guionista me puso adelante y dejar de remar en su contra, aunque más no sea para ver a donde me lleva.

Parto por lo inmediato, por no interponer un No frente a a esas cosas que realmente quiero hacer. Con la música correcta a mi lado, salgo, recorro, disfruto, hago. A cada paso, ni siquiera a 20 cuadras de mi nuevo departamento, veo una docena de lugares donde aún no estuve, cosas que aún no pobré, momentos que aún no viví. Trato de no perder el ritmo, de acomodar los espacios, de pensar en que voy a hacer antes de terminar con lo que estoy haciendo ahora. Y que hay después de eso. Y después… Y ni siquiera llego a pensar en todo lo que me hubiera perdido de no haber dado el primer paso.

Vivimos limitados por nuestra fuerza de voluntad y su incapacidad para conquistar nuestros miedos, acallar falsas culpas y combatir a ese terrible principio de inercia. Creamos excusas para impedirnos tomar las oportunidades que se nos presentan, nos rodeamos de comodidades que en solitario pierden todo sentido y, si nos faltaba algo, hemos ganado la costumbre de negarnos todo aquello obvio, todo lo que salta a la vista de cualquier buen observador, que no cuadre en la foto del confort que defendemos.

Es como hora de empezar de dejar las pantuflas y calzarnos las zapatillas. Olvidarnos de que llegará el momento y hacer lo necesario para que el momento de hacer lo que queremos, lo que sentimos, lo que soñamos, llegue de una buena vez. Sí, el Guionista pone obstáculos, pero más veces que otras, es para invitarnos al desafío.

Al final, nos repetimos que queremos un poco de paz, cuando en realidad, bien adentro nuestro, sabemos que lo único que buscamos es poder elegir nuestras batallas…

(… y así tenga fecha de mañana, que ojalá llegue el día en que en mi lápida rece: Tuvo una vida muy interesante…)

Tamborileando

Publicado: 13 junio 2009 en De la vida y todo lo demás

Hace unos minutos, mientras miraba August Rush, me encontré a mi mismo tamborileando una canción con un Marroc. Para los que la vieron, no, ni el actor ni yo somos prodigios musicales, pero evidentemente hay sensaciones que contagian.

La película me llevó a reflexionar sobre como me vi empujado durante los últimos seis años de mi vida en buscar y cumplir los mandatos sociales, como si fuera una necesidad de reconocimiento hacia los demás. Recibite. Casate. Casa. Auto. Hijo. Ganá más. Si Viajás, que sea un Gran Viaje: Avión, Europa… estupideces. En ningún momento el mandato social me dijo: Se Feliz. Pero supuestamente esas cosas con mayúscula te debían traer felicidad.

Ojo. No digo que la felicidad no pueda hallarse en esas cosas. Pero si te casas, por lo menos casate con la mujer que amás desde lo más profundo y con la que, al menos en ese momento exacto, pensar tu futuro con ella sea el paso más natural, sentido y libre de pensamiento posible. Si te recibís, que sea por el orgullo y la satisfacción que te trae la profesión que elegiste. Si buscás mejorar tu trabajo, que sea para hacer eso que realmente te realiza y te gusta hacer, más allá de lo que el entorno y la necesidad permitan. Y si tenés un hijo, que sea el fruto, la prueba viviente, de un amor increíble.

El mandato social se convirtió en ese aeropuerto de grandes flechas y direcciones resueltas, que se olvidó de contratar a las azafatas que te digan: “Eso sí, por el camino, aprendé a disfrutar y pasala lo mejor posible“. Sus arquitectos creyeron que bastaba con lo material y se olvidaron que para un tipo feliz, lo material es completamente accesorio.

Lo que me lleva a una breve conclusión inspirada en la película: Aún cuando hubiera tocado fondo, si lo hubiera perdido todo y tuviera que empezar de cero, se que tendría al menos una chance de volver a pararme por cada amigo, por cada alma que tuve la chance de tocar por el camino.

Tomo el riesgo de sonar horrendamente cursi, pero más allá de mis manos o mi mente, de mis habilidades más básicas o preciadas, cada día confirmo que los amigos son el verdadero tesoro. Un tesoro fácil de descuidar, de esos que todo el tiempo se los cree perdidos y cuando volvés a mirar, sin necesidad de mapas, estaban ahí todo el tiempo.

Y, si encima le faltara algo, debe ser el único bien que crece al compartirse con otros…

La justa…

Publicado: 12 junio 2009 en De la vida y todo lo demás

Evidentemente hay que recuperar las charlas de café. Si, sí. Facebook y el MSN nos permiten tener al lado a 30 personas de la otra punta del planeta, en simultaneo, así sean las 2 de la matina y todos estemos en piyama.  Como fuera, en una de esas charlas perdidas, saltó a la vista una pequeña plaga verbal que nos afecta a buena parte del planeta y que es característico encima de muchas de las muchachas que suelen sacudir mi mundo.

No decimos las palabras justas.

No nos damos el tiempo de buscar esa palabra breve, concisa, definitiva que resuma toda la idea y nos permita aferrarnos a lo que realmente queremos dejar en claro. Palabras inequívocas. Binarias. Palabras que desde que tenemos  memoria las buenas costumbres nos han enseñado a saltar, rodear, enroscar y, sobre todo, enmascarar dentro de muy amables, complejas e inseguras frases hechas del tipo:

– “Y… es complicado.”

– “Dejame que te explique…”

– “Pasa que no es fácil…”

Claro. Nos criaron en un mundo donde la palabra equivocada podía desencadenar la catástrofe. Preguntarle a la maestra de catequesis porque no podía haber más dioses que uno te hacía comer tres recreos en la dirección. Confundirle un fiordo con una vertiente  a la de geografía (o años más tarde, a Hegel con Engels a la de Filosofía), era bochazo seguro. Y el primer día de trabajo, siempre fue ese día en que uno aprendió que jamás de los jamases se debe hacer una broma de futbol hasta saber cual es el equipo del jefe… (mucho menos aún si ese equipo es Racing).

Pero seamos sinceros, ¿cuantas veces nos habremos visto en la necesidad irrefrenable de escuchar esa palabra justa? Eso que necesitamos para ser felices, para dar un cierre, para arrancar la sonrisa o aceptar de una buena vez una mala noticia. 
 
“Te acompaño”. “Se murió”. “Ya no siento nada”. “Yo me encargo”. “No voy a cambiar”. “Para siempre”. “Andá y hablá”. “Fui yo”. “Me juego”. “Contá conmigo”. “No da para más”. “Voy”. “Estoy”. “Te amo”. ““. “No“.

Hoy una buena amiga,  alguien que a partir de las cosas más sencillas se supo ganar un lugar cerca del cuore, me regaló una palabra. No creo poder usarla, pero es una gran palabra, poderosa, de esas que vale la pena almacenar y también compartir con aquellos a los que realmente les sirva.
 
Saudade… La sensación de extrañar con nostalgia o tristeza aquello que se perdió, algo a lo que no se puede volver y que solo recordarlo revive en cierta forma la felicidad que traía a nuestras vidas.  Es el concepto detrás de la samba y la bossa nova, y ocurre que, no por poca cosa, está considerada como una de las palabras más dificiles de traducir a otros idiomas.
 
(…en un breve momento nostálgico, citando a una de mis “españolitas”, me pregunto si se puede echar de menos aquello que en realidad nunca se tuvo…) 

Fuera de serie…

Publicado: 8 junio 2009 en De la vida y todo lo demás

Frente al cierre de una etapa, frente a ese quemar de naves y renacer de las cenizas, siempre he tenido la sana costumbre de cuestionarme el horizonte, ni que más sea para ver si aún me funciona la brújula. Suscribo a ese código de tanto tiempo atrás y me pregunto una vez más que es lo que quiero, apelando, por sobre todas las cosas, a un mucho más superador que estoy haciendo para conseguirlo.

Y así, sin escapar a años de condicionamiento social, llegan a mi mente todos esos planes soberbios, que se dan más importancia de la que realmente tienen: conseguir ese crédito para al fin comprar mi propio depto, los planes para colgar de una buena vez el título de periodista en la pared, resolver la licencia de manejar que deje al eterno peatón atrás… Cosas grandes, si, tan serias, tan fundamentales que no logran más que arrancarme una sonrisa.

Medio segundo después mi atención ya está buscando ocuparse de temas más trascendentes. Una mirada a mi alma (y al hambre que encuentro en ella) me lleva a considerar todos los lugares que nunca visité, todos los sueños que aún no cumplí, todas las aventuras que dejé para más tarde. Y solo me toma una fracción de segundo más considerar al cómplice adecuado para cada situación…

Porque, reconozcámoslo… ¿qué es ese paisaje perfecto, ese momento único, esa increíble travesía sin la persona correcta al lado con quien compartirla? ¿Se puede dar siquiera? ¿Puede existir algo realmente único, perfecto e increíble sin quien sepa acompañar, quien entienda igual que uno el idioma de la mística detrás de eso que está ocurriendo?

No creo. No compro la religión del milagro en solitario y aún pienso en cuanto momento tonto, ínfimo, casual fue simplemente memorable por tener a ese tipo de persona ahí, entendiendo las cosas de la misma forma que uno.

Esta noche, que nada tiene de especial o singular, levanto mi copa y quiebro lanzas por todos aquellos seres fuera de serie que en tantas pequeñas oportunidades han demostrado valer la media milla extra. 

A uds., por todos los momentos que vendrán…

Final de temporada

Publicado: 5 junio 2009 en De la vida y todo lo demás

En algún momento, apenas un par de añetes después de pisar la adolescencia, entre desvaríos con amigos y un mar de puteadas echadas al cielo (entiéndanlo: su servidor acá no es la oveja más católica del rebaño), surgió el Guionista. Quizás fue una respuesta a tanto maldecir hacia arriba, quizás siempre estuvo y no lo habíamos visto hasta ese momento, pero cual paloma que deja caer lo suyo sobre el cura, así cayó el Guionista a mi vida.

Fue mucho antes que escuchará hablar de Descartes y su “Genio Maligno”, pero el concepto era incluso hasta más simple: se había formado ahí arriba un ser de ironía exquisita (mi muy personal Murphy con todas sus leyes a rajatabla) capaz de escribir en el libro del destino todo aquello que escapaba a mi control. Si, el libre albedrío era mío (y de cualquier otra persona), pero, ¿las casualidades? Con esas el muy desgraciado se revolcaba de la risa, como si mi vida fuera una sitcom macabra.

Así fue como por años luché y luché incansablemente contra el Guionista. Si mi plan perfecto para conquistar a la mujer de mis sueños requiería de algo tan tonto como un día soleado, desde ya tenía que tener un plan B, porque den por descontado que ese día se desataba una tormenta con vientos huracanados. Si uno estaba dispuesto a animarse a todo por alguien, ups, justo se te cruza una ex en el camino que te hace revolver el pecho como si fuera un lavarropas. No, no, el maldito se los tenía guardados y uno a uno iba sacando giros por debajo de la manga. No solo era un “Guionista”, era un buen “Guionista”, de esos que hacen todo lo necesario para que la historia del protagonista sea “muy interesante”…

Lo único bueno es que, como con toda serie, el Guionista (por suerte) se cansa y va variando el rol protagónico, de a una temporada a la vez (no sonrían tanto: ya les va a tocar a uds.), ni que más no sea para tomarte por sopresa y volver a ensañárselas con vos cuando menos te lo esperás. Lo mejor que te puede pasar, es que te toque algún papel secundario cuando se las ensaña con otro.

¿A qué viene todo esto? A que recientemente el Guionista se acordó de que mi vida estaba demasiado tranquila. De la nada, afiló la pluma, me trajo 62 millones de problemas, convocó actores secundarios a los que no veía en años y en razón de 20… 25 días, complicó mi vida como nunca antes lo había hecho. Incluso, en mi incansable lucha, la temporada terminó con un gran despliegue, un gesto importante que necesitaba realizar por alguien y que, extrañamente, no falló en ninguna parte (… pero, como no podía ser de otra forma, tampoco sirvió de nada).

¿Y saben que es lo peor de todo?

Que le agradezco.

Le agradezco infinitamente por haberse acordado de mi y por desafiarme a volver a intentar, tal como en el final de Serendipity, todas esas cosas tontas y alocadas que tanto me gustan, que hacen que uno se acuerde que está vivo, ni que más no sea para sentir el puñal que le atravieza el pecho de lado a lado.

Me convenzo una vez más que la gracia está en arriesgar, encontrar algo que valga la pena y arriesgartelo todo cada día. Y uno podrá errar mil veces, tropezar mil veces y mil veces volver a empezar… pero si uno cumple su sueño, aunque más no sea una vez, entonces mil tropiezos no fueron ni remotamente pocos para demostrar todo lo que vale el esfuerzo.

He aquí otro convencido de que la felicidad está en la búsqueda…

Hace 15 años, exactamente la mitad de mi vida, en un momento bastante oscuro (y, quizás, para salir de él), me propuse encontrar alguna forma de escapar a los complejos laberintos del corazón, la mente, el camino de la vida y las cuestiones del alma.

Supuse que aún cuando todo estuviera mal, aún cuando no se viera salida alguna a las muchas situaciones que nos pudieran estar pasando (y que usualmente solemos magnificar por no ser capaces de ver hacia el horizonte), tenía que haber una base, algo en que poder apoyarnos para  levantar cabeza.

Muy distinta a la propuesta de Douglas Adams sobre “La vida, el universo y todo lo demás”, mi pregunta solo tenía que alcanzarme a mi. Y de hecho, lo hizo. Por esa época di con una pregunta bastante básica, que puede o no ser la “última pregunta” (traten de no delirar: era un pibe de 15 años, las verdades fundamentales del universo estaban un poco fuera de mi alcance), pero que al menos fue mi “última pregunta” en un más de un momento clave:

¿Qué es lo que quiero?

Sencilla, no demasiado fundamental ni metafísica y lo suficientemente sagaz para sacarte del apuro  en un momento clave, aún con la cabeza nublada o frente a una desición dificil. Poco después escribí estás líneas, que aprovecho a compartir:

“La última pregunta…

Quiero una noche sin lobos,
quiero dejar de correr,
quiero un instante en silencio,
quiero tu paz no tu guerra,
quiero una brisa de amor y no un fuego,
quiero un beso que se pague con un beso,
quiero creer y que creas,
quiero sentir y que sientas,
quiero soñar con tu vuelo,
quiero volar solo en sueños,
quiero huellas y no heridas,
quiero un deseo que no marchite,
quiero tu infinita armonía,
quiero callar al hipócrita,
quiero vivir para el mundo,
quiero hacer lo que quiero,
quiero ser solo yo,
quiero estar… junto a vos”

 

Años atrás, con un buen amigo decidimos que había que encontrar un lugar para volcar cualquier exceso de creatividad, por pavas o inutil que resulten nuestras ideas la gran mayoría de las veces. Creíamos (ingenuamente) que al menos de esa forma les dabamos un único lugar que esquivar, algo que pudieran bloquear y así evitar cualquier tipo de contaminación mental de nuestra parte.

Uno de esos blogs, terminó siendo un postulado a la búsqueda de la felicidad, a las infinitas andanzas bajo las que “el maestro” pone a aquellos que confían en el gran designio, en que hay un plan mayor a todos nosotros que nos permite ser felices, si es que logramos encontrar el mapa para entenderlo. El otro, con el pasar de los años, murió, sin penas ni glorias, bajo el influyente peso de un Agente de Otoño, de esos extraños seres grises que recorren la realidad en busca de destruír todo lo que se parezca a un boceto de ejercer la creatividad. Su autor dirá que fue “el guionista”, algo así como el hermano malvado de ese maestro (aquel que se asegura día a día que la búsqueda de la felicidad sea un intrincado laberinto que haga más jugoso el tesoro) quien tratando de que no descubran su pluma macabra atrás del vestigio de nuestras vidas, puso en mi camino alguien que diera fin a aquel intento.

Hoy, justo en un momento en que busco reconstruír gran parte de mi vida desde las cenizas, al menos logré esquivar las trampas que me evitaban llegar hasta uds. Así que ya lo saben: he aquí una nueva dirección que bloquear y mis nuevos intentos para escapar de todos esos seres que  buscan perpetuar el marchitar de las hojas y alimentarse del cadaver de nuestros sueños…

A todos, los invito una para el camino.

Park.