Aún cuando la búsqueda de magia nunca llegue a su fin, hoy me hice una pausa para realizar el último cierre del año que quedó atrás: en tiempo suplementario, antes que caiga Marzo al calendario, le digo a la magia muchas gracias por salir a mi encuentro. Verán, 365 días atrás propuse que el 2011 sería una etapa con ese objetivo: la búsqueda de la magia cotidiana. ¿Quién iba a decir que sin buscar ella iba a llegar a mi de formas tan palpables?
Los que de alguna forma me conocen, no se vuelvan locos. No me dio ningún pire esotérico ni me van a ver bailando el Hare Krishna. Pero un poco queriéndolo, un poco por casualidad, una serie de talismanes fueron cayendo a mis manos y la necesidad de buscar otros se fueron gestando en mi mente. Objetos que llevaran esa carga, ese significado tan especial pero solo para mi, por lo que representan. Quizás si leen la historia sabrán comprenderme mejor…
El primer talismán: el Dolar de la Suerte.

La anécdota se remonta a Julio, la noche previa a rendir mi último examen final para Periodismo. Hacía el aguante a una amiga que lloraba por su ex (coincidencia, también amigo mio) hasta largas horas de la madrugada mientras trataba de decir que estudiaba. En vela, llegadas las 6 de la mañana, decidí ir hasta el trabajo a imprimir los últimos resúmenes y que sea lo que el guionista quiera. Por el camino, un pobre flaco a cargo de un puesto de choripanes me frena y me pide un favor: “No me cuidás acá que me voy a comprar una gaseosa? Por favor, no doy más…”. Atendiendo al pedido, fui yo a comprarle la bebida y muy agradecido, cuando quiso pagármela, quizás por la sensación de ganar karma a favor, le dije que yo invitaba. Me había costado… nada, cuatro pesos. Lo mismo que valía el dolar que me iba a estar esperando 20 metros más adelante, en cuanto seguí camino, tirado en el medio de la vereda. Algo me decía que el karma devuelve. Que la acción correcta, al menos a veces, tiene recompensa…
El segundo talismán: el Trebol de 5 hojas.

Horas más tarde, aún sin dormir. Salía de ese mismo examen. El profesor había desquitado toda su bronca contra la humanidad en mi persona (y de seguro, en los otros pobres 3 que rendían ese día), al punto que llegó a preguntarme cual era el error de imprenta entre dos capítulos de un mismo libro. Con la suerte de mi lado (porque era IMPOSIBLE que me fuera a dar cuenta), saqué el libro y pude demostrarle que en la segunda edición que tenía en mis manos, el error ya no existía. Tres cuadras más adelante, con la increíble liviandad de haber aprobado, al mirar a la izquierda noté un trebol de cuatro hojas saludándome de un cantero, recordándome que aún con todo en contra se puede seguir cayendo de pie. Que saber y aprobar no son en ningún caso equivalencias. Que está en uno superar los obstáculos, así sea apostando a ciegas. Al guardármelo, la sorpresa fue aún mejor: una quinta hoja, algo que nunca había visto, le asomaba por debajo.
El tercer talismán: la Moneda que no puede perder.

Sí, el desafío siempre ha sido uno de los grandes motores de mi vida. Tras dar con estos dos talismanes, un día me encontré haciéndome trampa a mi mismo. Torpemente arrojaba una moneda al aire para tomar una decisión, cuando sabía de antemano que yo quería que saliera cara. Que, al momento de arrojar la moneda, siempre lo supe. Siempre tuve en claro lo que quería. Entonces busqué un objeto que me recordara esto: que las decisiones corren solo por mi cuenta. Que lo que importa es que esté en el aire girando tu moneda, y no de que lado fuera a caer. (… y que quizás hay gente que rompa el patrón)
El quinto talismán: El Vegvisir.

Este objeto es tan complejo, tiene tantos sentidos a la vez, que me tomó un año solo pensar como hacerlo. Verán, con las runas siempre es así: los nórdicos creían que las runas eran algo personal. Que daban poder a quien las tallaba por lo que para ésa persona significaba. Así inscribían runas en sus espadas antes de ir a la batalla, porque si sobrevivían, esa era LA espada que había sobrevivido a LA gran batalla y les iba a traer recuerdos de ese momento épico al momento de volver entrar al combate.
El vegvisir es una brújula solar, un símbolo y a la vez un objeto real que usaban los vikingos para guiarse. No voy a explicarles como (haraganes abstenerse: si les interesa, ahí está wikipedia), pero los tipos usaban el sol para encontrar el norte. Y, como navegaban siempre en la bruma, usaban una piedra especial en el centro de la brújula para buscar la luz del sol.
Mi llavero… mi vegvisir resume tres cosas en una. Primero, buscaba tener un llavero de madera porque me parecía práctico frente a la cantidad de veces que quise tocar madera y nunca tuve algo de ese material a mano. Ese iba a ser mi cuarto talismán, el que me decía que la fortuna favorece a los que saben anticiparse. Luego pensé que en el mismo llavero podía tallar las runas y armar un vegvisir, que sería el quinto amuleto, la guía, el que me decía que el norte estaba siempre en buscar las cosas que yo quiero. Y en el centro del vegvisir, iría aquella piedra de la luna, aquel pequeño pedazo de roca que me recordaba que para un corazón inspirado hasta el deseo de poder bajar la luna era posible. Que querer, al menos para mi, es arriesgar a no ponerse límites.
Y así, que cada cosa tenga su sentido. No por lo que se le haya ocurrido a algún catedrático del siglo XVI que significaban frente a una mala traducción de varias lenguas, sino por lo que hoy, ahora, significan para mi. Por los recuerdos que me traen. Por tener pequeñas cosas que siempre me permitan a volver a mi centro…
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