Recibiendo las buenas nuevas de que uno de mis mejores amigos va a traer una nueva vida al mundo (y tocando mucha, pero mucha madera), con dos proyectos serios y varios casuales en marcha, surge una necesidad. La llamada interna se escucha, pidiendo cambio de horizonte. Y así, de repente, todo, pero todo se alinea en pos de ese camino.

Me propuse entonces hacer un viaje por mi y solo por mi, como aquel de hace 3 años atrás. ¿Donde esta vez? Europa, mochila al hombro y no de la forma en la que nadie más la haya visto. Es mi viaje. Perdón, refraseemos eso: es MI viaje. Nada de tumbas, catedrales ni museos. Un atardecer en París, una foto en el 221 B de la calle Baker, una danza de la lluvia en Stonehenge. Pasar por los castillos belgas. Recorrer Amsterdam en bicicleta. Quizás treparme hasta el Preikestolen. Perderme en Praga. Y terminar en el Carnaval de Venecia… (que extrañamente este año, comienza en enero).

Hace diez días dije “tengo ganas de…” y es increíble que todo se haya dado en pos de ello: los pasajes de avión más baratos de lo que pensaba, las ideas de por donde ir surgieron solas, el cierre del viaje en Venecia. Incluso me hice el pasaporte durante el fin de semana.

Dicho esto, no es ninguna novedad que el destino y yo somos antiguos adversarios (al menos con la sarta de guionistas que me han tocado). La vida me ha convencido que si quiero algo, primero tengo que remar a través del océano, resolver el acertijo de la efigie, recorrer el laberinto, matar al minotauro y hacer trampa para ganarme la lotería, solo para acceder a las 12 tareas de Hércules y con la suerte de mi lado, tener alguna chance de cumplir mi objetivo. No me malentiendan: a esta altura, gustoso le acepto el desafío. Lo raro es que esta vez el desafío pase solo por largarse a hacer…

Ya ampliaré la lista de lugares. Ya armaré una lista de retos a lograr y hasta quizás haga apuestas con mis amigos de cuantos logro cumplir a la vuelta. Por ahora, caminemos la pendiente cuesta abajo y agradezcamos que el guionista de turno y yo pensemos parecido. Ya habrá momento para hacerle honor a la frase: “Lo hice porque pude. Pude porque quise. Quise porque me dijiste que no iba a poder…”

Pd: Dejo algo de “Walk Off The Earth”. Excelente grupo. Van a dar mucho que hablar…

Sépanlo: realmente me molestan los momentos de incertidumbre.

Se que mil veces he abogado en pos de hacerse cargo de cada decisión. De hecho, tengo una moneda con dos cecas solo para hacerme acordar que aquello que elegimos como “Cara” es, en realidad, lo que elegimos. Sin embargo, existe justo ESE caso de que las probabilidades son 50 y 50. Donde la indecisión es exacta, precisa, el punto de desconcierto absoluto a mitad de camino entre dos hilos del destino distintos. ¿Puerta A o puerta B? ¿Izquierda o derecha? ¿Pasa… o no pasa? El maldito gato de Schrödinger

Al menos a mi, me pasa de encerrarme sobre mi mismo hasta darle una respuesta. Es el desafío sin salida. Cierro los ojos, busco lo que quiero y el cuore me responde: “No, no loco, a mi no me hagas cargo: a esta altura, yo ya no entiendo nada…”. Recurro a mil artimañas para tratar de romper ese balance. Trato de que una de las dos opciones cobre mayor fuerza como para tomar la decisión: correcta o no (no lo sabré hasta que el tiempo me lo demuestre), pero al menos a consciencia. Intento ver el tema desde mil posturas distintas… solo para ver que es eso. Binario. Si o no. Y uno parado en el medio.

Que grato que es entonces toparse con el oráculo de la casualidad. Sin que esté esperando una señal, la señal aparece. En la antigüedad se lo conocía como el “Kleidon”: meterse en una multitud con una pregunta en la cabeza y que lo primero que escuches sea tu respuesta. O como me pasó a mi, calzar los auriculares poner un tema al azar y sin querer, después de haberlo escuchado cien veces, por fin prestarle atención a la letra.

En mi caso, la letra hablaba de no permitir que la incertidumbre no te congele. De que el sol no te ciegue el horizonte. Que lo que viene vendrá, bueno o malo, pero a futuro y no vale la pena que el presente se detenga por ello. Una invitación a caminar. A seguir adelante…

Hace un par noches, en algún universo paralelo, encontré la muerte.

Verán, caminando con una amiga tres personas saltaron sobre nosotros directamente a golpearme y a arrebatar su cartera. No escucharon palabras, no emitieron alguna. Quien estaba al frente de los tres simplemente me dio un golpe tan fuerte como pudo en la cabeza que me dejó una herida de cuatro puntos. Por suerte, a la muchacha que caminaba conmigo, más allá de perder algunas pertenencias, no le pasó nada.

Reviví el momento muchas veces en la cabeza. Aunque fueran segundos, pasa ahora en cámara lenta una y otra vez. Como fue que vi algo brillante en la mano de mi atacante. Como, ante lo inevitable del golpe, me inundó una sensación de alivio en el momento exacto en que el fierro dio en mi cabeza: sentí que era algo contundente, una llave de tuercas o similar (y no un cuchillo como supuse en primer instancia). Como al recuperarme vi que se abalanzaban sobre mi amiga. Los gritos para que se detengan. Como se dieron vuelta a verme (¿me pensarían caído?) en total estado de alerta. Ella forcejeando, luego yo forcejeando la bicicleta en la que uno de ellos buscaba escapar. Golpes al aire de dos de ellos (¿el de la llave me dio en la mano?). El de atrás tenía algo más largo, más fuerte, más violento… (¿una barreta?).

No creo haber hecho lo correcto. Hice lo que pude. Lo que me salió. Sin embargo, cada vez que analizo las cosas, todo me indica que de hacer algo distinto, con seguridad no estaría escribiendo estas palabras. Si de alguna forma hubiera llegado a frenar el primer golpe, con seguridad el segundo flaco, segundos después, me hubiera dado con la barreta que traía (mucho más dura y con filo cortante). Si en el momento del forcejeo por el bolso en lugar de gritarles que paren hubiera tenido la fuerza o la consciencia suficiente como para alcanzar a abalanzarme hacia ellos, el tercero a mi espalda tenía todas las chances de darme un golpe de gracia. Forcejear por la bicicleta no tuvo más sentido que meterme entre la pobre flaca y los golpes que arrojaban al aire…

Al tocar mi cabeza, mis manos estaban cubiertas de sangre. Mi amiga, tratándo de asimilar el mal momento, lagrimeaba de la impotencia y la desesperación. No me pregunten como ni por qué: yo estaba bastante más calmo. En mi mente pasaba la frase “Ocuparme y no preocuparme” como si fuera un mantra infinito. Tardé un par de minutos en darme cuenta de dar aviso a amigos que estaban por el barrio. No me importaba el golpe, solo ver que ella estuviera bien, que no le hubiera pasado nada… Tranquilizarla y pensar alguna forma de recuperar lo perdido (algo que no logré).

Tardé casi media hora, herida limpia de por medio, en llegar a la idea de “la saqué barata”.

Pasaron los días. La cartera apareció tirada en una obra cercana y devuelta por un grupo de albañiles. Hasta donde se, solo faltaba dinero y el celular. Luego me enteré que una banda de la zona cayó días después. Quizás eran ellos. Los puntos que me dieron en la herida pronto sanaron y quedaron atrás. Con ellos casi se fue la memoria del episodio, pensando que ni siquiera habían logrado arrebatarme la sonrisa. Y aunque poco se haya perdido, me queda el regusto del momento, la sensación de no haber podido hacer más. De evitarle a mi amiga el mal momento. De querer reaccionar y no haber tenido tiempo para hacerlo.

En algún universo paralelo, seguramente, tuve un segundo más…

Aún cuando la búsqueda de magia nunca llegue a su fin, hoy me hice una pausa para realizar el último cierre del año que quedó atrás: en tiempo suplementario, antes que caiga Marzo al calendario, le digo a la magia muchas gracias por salir a mi encuentro. Verán, 365 días atrás propuse que el 2011 sería una etapa con ese objetivo: la búsqueda de la magia cotidiana. ¿Quién iba a decir que sin buscar ella iba a llegar a mi de formas tan palpables?

Los que de alguna forma me conocen, no se vuelvan locos. No me dio ningún pire esotérico ni me van a ver bailando el Hare Krishna. Pero un poco queriéndolo, un poco por casualidad, una serie de talismanes fueron cayendo a mis manos y la necesidad de buscar otros se fueron gestando en mi mente. Objetos que llevaran esa carga, ese significado tan especial pero solo para mi, por lo que representan. Quizás si leen la historia sabrán comprenderme mejor…

El primer talismán: el Dolar de la Suerte.

La anécdota se remonta a Julio, la noche previa a rendir mi último examen final para Periodismo. Hacía el aguante a una amiga que lloraba por su ex (coincidencia, también amigo mio) hasta largas horas de la madrugada mientras trataba de decir que estudiaba. En vela, llegadas las 6 de la mañana, decidí ir hasta el trabajo a imprimir los últimos resúmenes y que sea lo que el guionista quiera. Por el camino, un pobre flaco a cargo de un puesto de choripanes me frena y me pide un favor: “No me cuidás acá que me voy a comprar una gaseosa? Por favor, no doy más…”. Atendiendo al pedido, fui yo a comprarle la bebida y muy agradecido, cuando quiso pagármela, quizás por la sensación de ganar karma a favor, le dije que yo invitaba. Me había costado… nada, cuatro pesos. Lo mismo que valía el dolar que me iba a estar esperando 20 metros más adelante, en cuanto seguí camino, tirado en el medio de la vereda. Algo me decía que el karma devuelve. Que la acción correcta, al menos a veces, tiene recompensa…

El segundo talismán: el Trebol de 5 hojas.

Horas más tarde, aún sin dormir. Salía de ese mismo examen. El profesor había desquitado toda su bronca contra la humanidad en mi persona (y de seguro, en los otros pobres 3 que rendían ese día), al punto que llegó a preguntarme cual era el error de imprenta entre dos capítulos de un mismo libro. Con la suerte de mi lado (porque era IMPOSIBLE que me fuera a dar cuenta), saqué el libro y pude demostrarle que en la segunda edición que tenía en mis manos, el error ya no existía. Tres cuadras más adelante, con la increíble liviandad de haber aprobado, al mirar a la izquierda noté un trebol de cuatro hojas saludándome de un cantero, recordándome que aún con todo en contra se puede seguir cayendo de pie. Que saber y aprobar no son en ningún caso equivalencias. Que está en uno superar los obstáculos, así sea apostando a ciegas. Al guardármelo, la sorpresa fue aún mejor: una quinta hoja, algo que nunca había visto, le asomaba por debajo.

El tercer talismán: la Moneda que no puede perder.

Sí, el desafío siempre ha sido uno de los grandes motores de mi vida. Tras dar con estos dos talismanes, un día me encontré haciéndome trampa a mi mismo. Torpemente arrojaba una moneda al aire para tomar una decisión, cuando sabía de antemano que yo quería que saliera cara. Que, al momento de arrojar la moneda, siempre lo supe. Siempre tuve en claro lo que quería. Entonces busqué un objeto que me recordara esto: que las decisiones corren solo por mi cuenta. Que lo que importa es que esté en el aire girando tu moneda, y no de que lado fuera a caer. (… y que quizás hay gente que rompa el patrón)

El quinto talismán: El Vegvisir.

Este objeto es tan complejo, tiene tantos sentidos a la vez, que me tomó un año solo pensar como hacerlo. Verán, con las runas siempre es así: los nórdicos creían que las runas eran algo personal. Que daban poder a quien las tallaba por lo que para ésa persona significaba. Así inscribían runas en sus espadas antes de ir a la batalla, porque si sobrevivían, esa era LA espada que había sobrevivido a LA gran batalla y les iba a traer recuerdos de ese momento épico al momento de volver entrar al combate.

El vegvisir es una brújula solar, un símbolo y a la vez un objeto real que usaban los vikingos para guiarse. No voy a explicarles como (haraganes abstenerse: si les interesa, ahí está wikipedia), pero los tipos usaban el sol para encontrar el norte. Y, como navegaban siempre en la bruma, usaban una piedra especial en el centro de la brújula para buscar la luz del sol.

Mi llavero… mi vegvisir resume tres cosas en una. Primero, buscaba tener un llavero de madera porque me parecía práctico frente a la cantidad de veces que quise tocar madera y nunca tuve algo de ese material a mano. Ese iba a ser mi cuarto talismán, el que me decía que la fortuna favorece a los que saben anticiparse. Luego pensé que en el mismo llavero podía tallar las runas y armar un vegvisir, que sería el quinto amuleto, la guía, el que me decía que el norte estaba siempre en buscar las cosas que yo quiero. Y en el centro del vegvisir, iría aquella piedra de la luna, aquel pequeño pedazo de roca que me recordaba que para un corazón inspirado hasta el deseo de poder bajar la luna era posible. Que querer, al menos para mi, es arriesgar a no ponerse límites.

Y así, que cada cosa tenga su sentido. No por lo que se le haya ocurrido a algún catedrático del siglo XVI que significaban frente a una mala traducción de varias lenguas, sino por lo que hoy, ahora, significan para mi. Por los recuerdos que me traen. Por tener pequeñas cosas que siempre me permitan a volver a mi centro…

No necesito buscar que significa el 2012. El 2011… bah, el año que va desde mi cumpleaños 32 hasta que en próximos días caiga una nueva fecha al calendario, fue, sin duda, un año de magias y de cierres. De los consabidos talismanes (de los que ya hablaré en breve, cuando los complete todos). El 2012, sin embargo, ya abre como un año de cambios. Eso es lo que los Mayas proyectaron. Su apocalipsis no es un fin del mundo, sino un “fin del mundo conocido”.

Y así comenzó. Me es difícil escribir con tantas sensaciones enfrentadas dando vuelta. Aún no se si soy el Príncipe Herido (porque hasta el Príncipe recibió muerte y cambió su naturaleza), si soy Holmes tratando de racionalizar las sensaciones que me trae o si simplemente soy alguno de los lobos queriendo lamer heridas. Aún así, voy a tratar de despejar cabeza e ir al punto que quiero compartir…

Compartir. Ahí está la palabra clave. Ocurrió en un viaje, en el que no buscaba nada más que pasarla bien, que terminé por toparme con cientos de desafíos. Encontré gente cuando no la buscaba, encontré la adaptación a mil cosas, la capacidad de bajar una infinidad de revoluciones… de relajarme, con lo que se que eso me cuesta. De aprender aún más a evitar el conflicto innecesario, a fallar… (fallar miserablemente) y volver a sentirme tonto, humano. La posibilidad de perderme un poco de quién soy (lo cual no es de por si algo bueno), para reencontrarme al regreso.

Me topé con mucha gente tratando de enseñarme y quizás evangelizarme con su necesidad de búsqueda. De negar el yo, pero a su vez, de ser solo ellos y el mundo y en esa inmensa soledad, en ese choque, encontrar la iluminación. Y a la vuelta lo pude resignificar. Resignificar desde el no. La más perfecta de las libertades debe ser una hermosa sensación a la que aspirar, no lo dudo. Pero se que al alcanzarla, paradojicamente, buscaría con quién compartirla.

No me malinterpreten. No hablo de parejas ni ataduras. Hablo que frente al paisaje perfecto o al momento perfecto, para mi (y quizás sea algo muy personal), no debe haber mejor sensación que la posibilidad de compartirlo. De encontrar a la persona adecuada, que puede ser un amigo, un hermano, el amor de tu vida o un perfecto extraño que ocasionalmente estaba por ahi y poder compartirlo, así sea en silencio, en una mirada o como mejor te salga.

Eso me lleva a dos cosas. Primero, a que el paisaje perfecto, el lugar perfecto, mágico, soñado depende enteramente de los ojos con los que se lo mira. La magia no solo está en el lugar, sino en tu mirada. ¿Cuantas veces hemos dejado pasar la magia de lo que nos rodea por estar sumidos en la rutina? Todo lugar tiene magia, está en vos abrir los ojos y el corazón para poder percibirla.

Y segundo: Si, hay gente gris ahí afuera. Si, hay gente chota, hay agentes de otoño y miserables y refutadores de leyendas. Pero también hay mucha gente dispuesta a abrir el corazón. A jugarse por las cosas que valen la pena. A buscar la felicidad y la felicidad ajena. Creo en la fuerza de los grupos. Creo en las iniciativas que involucran a la gente que vale el esfuerzo extra. En toda esa gente maravillosa que vale la media milla. Creo en compartir con ellos todo lo que pueda para ser felices, en la ayuda mutua, en los apoyos incondicionales.

Tratando de dejar atrás heridas y vacíos que se vinieron conmigo, rescato al Cazador de Sonrisas en mi y encaro dos proyectos en base a esto. A hacer algo con las repercusiones que tuvo en mi toparme con todo esto. A provocar cambios, pero de nuevo, desde mi centro. Desde lo que yo entiendo y defiendo de la vida. A hacer algo con esas ganas de llevarme el mundo por delante. Porque en la frase anterior faltó un creo. Porque creo que si entre todos hacemos un esfuerzo más, un esfuerzo sentido y de buen corazón, de esos que te ponen una sonrisa en la cara, se puede cambiar al mundo…

(… ya hablaré del cuore cuando así lo sienta)

(… apagó su luz para mi y ahora he de caminar a ciegas)

(esto es algo que escribí antes de que el 2012 abra sus puertas y debería haber publicado en diciembre. Aún así, no quise que se pierda)

El 2011 llega a su fin. Año raro, lindo. Cualquiera diría que al fin cumplo un mandato social (el de colgar el título de “Licenciado” en la pared), yo lo veo como que mis días de estudiantes de periodismo quedan atrás, con el montón de recuerdos (la mayoría de buenos a excelentes) que eso me deja. Aún pienso en lo loco que es encontrar un dolar de la suerte antes de rendir la última materia y un trébol de 5 hojas minutos después de haberla aprobado. Por si me había propuesto buscar “magia”, hoy me sobran talismanes, de esos que solo cuentan y valen por lo que representan para uno (… y solo queda la búsqueda de uno más).

Quise pensar que me llevo y no volver a caer en mi lugar común, porque si hay algo obvio que me llevo de este año son una cantidad incontable de sonrisas, buenos momentos, el sentimiento compartido con nuevos y viejos amigos. Los encantos de caer y volver a caer por una escurridiza y bella princesa. Cosas de las que ya debo aburrir de hablar.

Entonces me puse a pensar en algo que haya sumado, porque también fue un año de sumar otros entendimientos. Quizás de esos que pasan por el rabillo del ojo. De esas cosas surgidas de la práctica misma que no nos dimos cuenta que aprendimos hasta que sin querer las ponemos en palabras para otro. Creo que a lo mejor, si tengo suerte, este año aprendí a no enroscarme.

Desde mi punto de vista, cual final de la película “Juana de Arco” de Luc Besson, el enrosque comienza cuando, de todas las posibilidades para que algo pase, llenamos los espacios en blanco con todo lo que corresponda a la posibilidad más chota. A veces incluso, el ocasional agente de gris planta intencionalmente la semilla de una posibilidad endemoniada. Y maquinamos, y maquinamos sobre esa terrible idea que pasa solo en nuestra mente (porque, casi de seguro, en nuestra cabeza es 100 veces peor que la realidad). Que egocéntricos que somos, que nos creemos capaces de suponer hasta el más mínimo detalle en el universo que tenga que ver con las causas para que algo pase. ¿Y las otras posibilidades? ¿La ridícula? ¿La absurda? ¿La de buena leche? ¿Esas no pasan?

El truco no es ignorar: salvar el odio es no dejar que nos afecten. Los juegos mentales, las “psicológicas”, las cosas que se ven o se saben y no pueden comprobarse, esa frase justa tan pero tan chota… ¿Tan chota? Date cuenta que no. La frase es una frase y nada más. Lo que uno supone o asume es solo eso. Todavía no sabemos siquiera si es verdad y cometemos el error de no dejar de pensar ni por un segundo en eso.

Y la única forma de evitarlo es desandar ese enrosque. Antes de asumir la peor de las posibilidades, ¿porque no asumir la más graciosa? O la más absurda. O pensar 10 o 15 formas distintas en las que algo haya pasado.

Créanme: resulta tan efectivo, que para que vuelvas a caer en un jueguito mental, hace falta un Jedi.

Hay una buena frase que dice que alguien, al provocar un daño, más veces lo hará por tonto que por malo. Abogando a eso, sobre todo con la gente cercana al cuore, prefiero disculpar mil tonterías bienintencionadas, permitirle a los otros fallar y reírnos de eso antes que considerar que buscaran la herida a propósito.

Por muchas charlas que despejen malos entendidos, por todas las chances que estemos dispuestos a dar, por todas las risas que salgan de eso…

… por un 2012 lleno de huellas.

Endings

Posted: 30 septiembre 2011 in De la vida y todo lo demás

Criado por la vieja colección de “Elige tu propia aventura”, evidentemente soy de la generación de los finales alternativos. Nunca pude llevarme bien con los finales convencionales, con los cuentos que simplemente empiezan y terminan recorriendo un camino predeterminado. La historia nunca fue la historia en si misma: era poder descubrir ese final al que me estaba dirigiendo, adivinar como terminaba el libro o la película antes de que termine, sumergirme no solo en lo que estaba pasando, sino también en todo lo que podría pasar, lo que me ha llevado a experimentar agradables sorpresas, placenteras coincidencias y terribles decepciones.

Al parecer, estas pavadas nos van condicionando para la vida misma. Reconociéndonos idiotas, no nos damos cuenta que algo que aplicamos para la lectura, sin querer lo transformamos en un estilo de vivir: nos metemos en mil cosas con total entusiasmo y después nos cuesta un Perú (¿tan difícil será Atacama?) terminar algo. Tratamos de llevar algo hasta su final natural, pero disfrutando cada etapa todo lo que podemos, pecando en más de una oportunidad de estirarlo tanto que termina por cansarnos, por llegar a un punto en el que solo queremos que eso termine.

Enteramente a lo personal, no estoy hablando de ninguna bella niña que transite por mi vida, sino de una carrera/tesis de Periodismo, un proyecto de trabajo y una mudanza, que encuentran todas a la vez su punto cúlmine en los primeros días de octubre… que me tienen malabareando cual pulpo de circo y no me han permitido disfrutar siquiera de un cálido y agradable inicio de primavera.

Y en ese complejo momento previo al salto, esos minutos antes de salir a escena, de llegar al desenlace, es cuando lo importante sale a la luz. Porque pudo faltarme el sueño o el alimento, pude llevarme al punto agotar hasta la última gota de fuerza que la voluntad me permita y bastó una sonrisa, un chiste, una risa… bastó el gesto más pequeño de esa gente que vale la media milla extra para renovar energías, para pararme cuando creí apoyar la rodilla al suelo, para poder levantar cabeza y arremeter de nuevo.

Porque son esas sonrisas las que hacen que levantarse a la mañana sea sencillo. Las que hacen que pese a todo, no pese tanto. Las que nos permiten caer en cuenta que cerrar una etapa no es darle final a todo, sino rescatar todo lo bueno que deja la anterior, recuperar aquello que nos hace bien y poder decir “Ahora, a lo que viene…”

Y que nuestra vida tenga más de “Continue…” que de “Game over”